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Breviario

Zapatos de viaje

   

©Michel Steboun. Corbis

Después de prolongadas conversaciones con Jehová, siete plagas y un par de agarrones con su medio hermano el Faraón, Moisés emprendió un viaje para llevar al pueblo de Israel desde Egipto hasta la Tierra Prometida. Rodearon el camino del desierto, partieron de Sucot a Etam, dieron la vuelta y acamparon en Pi-hahirot. Perseguidos por el ejército egipcio, tuvieron que abrir el Mar Rojo para seguir. Después de días de júbilo, continuaron desayunando y almorzando maná –lo que quiera que sea– durante los cuarenta años que duró el viaje hasta los límites de la tierra de Canaán.

No puedo hacer otra cosa que pensar en los pies de Moisés y de Izhar y de Uziel y de Gerson y de Coat, y en los pies de sus hijos y de sus mujeres al final de esa caminata: más de cuarenta años por la arena del desierto arrastrando incómodas sandalias de cuero. Alguna vez escuché que las películas religiosas eran conocidas como “películas de espada y sandalias”. Es fácil entender por qué.
Vi Los diez mandamientos ocho Semanas Santas consecutivas y los primeros zapatos que recuerdo haber tenido eran precisamente así, unas sandalias como las de Moisés, con una sutil excepción: la cara del pato Donald pegada sobre la cuerina entre la correa y las hebillas.
Tendría 8 años a lo sumo y, a pesar de que me hacían ver muy poco masculino y que usarlas era una verdadera tortura, amaba esas sandalias. Aún no me había interesado por los zapatos cerrados y solo los usaba para el colegio, me los medía sin entusiasmo en sanandresito o aceptaba estoicamente los que mi madre escogía en Spring Step.
Ahora que lo pienso creo que esa dificultad de encerrar mis pies podía deberse en parte a no saber amarrarme los cordones, pero mucho más a una herencia no tan remota como el Éxodo, aunque quizá igual de incómoda y rodeada de plagas:
Había pasado las vacaciones más veloces de mi infancia corriendo por el Chocó. El pueblo se llamaba Riosucio y estaba abierto a ambos lados del Atrato en una parte del Urabá donde iba a revolverse toda la mierda chocoana con la producida localmente en los baños flotantes. Un par de veces al año ...

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Ángel Unfried

Director y editor de la revista El Malpensante. Ha colaborado en Diners, Shock, Bacánika, La República y El Heraldo. Editor y relator de varios talleres de la FNPI.

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