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Una tarde en Erwin, Tennessee

¿Quién dice que en los pueblos pequeños no pasa nada? Una insólita fotografía lleva al autor a desempolvar periódicos viejos y reconstruir lo ocurrido hace más de noventa años.

 

Esta borrosa fotografía anónima es el único testimonio que queda de lo ocurrido en Erwin, Tennessee, el 13 de septiembre de 1916

 

La tarde del 11 de septiembre de 1916, Red Eldridge se encontraba barriendo los corredores del Hotel Riverside, en St. Paul, Virginia, cuando escuchó el paso de una multitud que atravesaba la calle principal del pueblo. El joven pelirrojo no lo pensó dos veces: dejó la escoba a un lado y se lanzó a seguir el ruido del Sparks World Famous Show.

El Sparks vivía a la sombra del John Robinson’s Circus. Debido a su inferioridad en atracciones, su director, Charlie Sparks, promovía las funciones haciendo énfasis en la rectitud del espectáculo: «25 años de trato honesto con el público» y «moral, entretenido e instructivo» eran algunas de las frases promocionales que se leían en los carteles a su paso por los pueblos levantados a lado y lado de las carreteras del sur de Estados Unidos.

Además de la entereza moral, Charlie Sparks contaba con un solo as bajo la manga para promocionar su show: Mary, una elefanta de 5 toneladas, que tenía un average de .400 con la trompa al bate jugando béisbol y que además era capaz de tocar 25 notas musicales en un corno sin fallar una sola.

El 11 de septiembre, Charlie Sparks atravesaba las calles de St. Paul voceando: «¡Conozca al animal terrestre más grande del mundo! ¡Venga al espectáculo que jamás ha roto una promesa!». El barrendero del hotel escuchó en esa promesa la esperanza de comenzar una nueva vida mejor, dejó lo que estaba haciendo y corrió a unirse al circo. Fue así como los destinos del fracasado Red Eldridge y de la polifacética estrella, Mary the elephant, se cruzaron.

Eldridge sabía tanto de elefantes como Sparks de la moral que proclamaba públicamente. Ambos estaban ahí por los dólares –muchos más para uno que para el otro–. El campesino se embarcó con el circo rumbo a Kingsport, Tennessee; su nuevo jefe le entregó su herramienta de trabajo, un palo, y Red se hizo cargo de la elefante estrella. Viajó esa noche entre St. Paul y Kingsport en un vagón junto a las cuatro elefantas del circo. Pasó la noche en vela observándolas, acariciándolas, hablándoles suavemente. Su favorita era Mabel, una elefanta mediana de la India. El gran tamaño de Mary y su condición de estrella producían a Eldridge un extraño respeto.

Uno de los primeros trabajos de Eldridge a cargo de Mary fue llevarla a un estanque a tomar agua en compañía de las otras elefantas y sus respectivos encargados. Mary encabezaba la caravana, Eldridge intentaba guiarla, la elefanta se resistía dando pasos vacilantes y deteniéndose abruptamente. Los habitantes del pueblo, reunidos para ver el paso de la caravana, se burlaban de la débil autoridad de Eldridge, quien, entre la vergüenza y la ignorancia, la golpeó fuertemente con el palo en su punto más sensible: detrás de la oreja. Mary enfureció de inmediato, envolvió al cuidador con su trompa, levantó su cuerpo, lo arrojó contra una caseta de madera destrozándola, avanzó hacia él dando resoplidos, llegó hasta el cuerpo inmóvil y le aplastó la cabeza con el peso de sus cinco toneladas. El 12 de septiembre, un día después de abandonar el palo de barrendero para agarrar el de cuidador, Red Eldridge murió a manos –más precisamente, «a trompa»– de Mary.

Es probable que Eldridge haya muerto al estrellarse contra la caseta y que el paso final de la elefanta sólo haya servido para hacer más dramático su crimen con la evidencia de los sesos desparramados y las hilachas de cabello rojo pegados a su pata. De lo que no cabe la menor duda es de que Mary mató a Red Eldridge y de que el Circo Sparks, además de entretenido, era instructivo y moral.

 

Charlie Sparks y John Heron, publicista del circo, tomaron la decisión bajo la presión de las autoridades de los pueblos programados para próximas funciones: Mary tenía que morir. La dificultad radicaba en sacrificar a una elefanta de cinco toneladas de un modo a la vez efectivo y que no afectara la imagen del circo ante el público que asistiría sin costo alguno al espectáculo de la ejecución.

La primera opción considerada fue el fusilamiento, pero, en el momento del ataque a Eldridge, Mary había recibido varios disparos de un rifle y las balas no habían llegado muy lejos a través de su gruesa piel. Pensaron entonces en electrocutarla –existía el precedente de la electrocución de un elefante llamado Topsy, grabada con una cámara de cine por Thomas Alva Edison en 1903–, pero no había suficiente energía eléctrica en Kingsport para matar a un elefante de este tamaño. Un campesino local propuso la brillante idea de atarla por la trompa y las patas a dos poderosos trailers que avanzaran en direcciones opuestas para así desmembrarla, pero esta alternativa fue descartada por no funcionar muy bien como espectáculo. En últimas, optaron por el ahorcamiento público en la grúa de un pueblo vecino, como una oportunidad para recibir cubrimiento de la prensa y publicidad gratuita. En palabras de Heron: «¿Si tenemos que matarla, por qué no hacerlo con estilo?».

Pocas horas después de la muerte de Eldridge, Mary se presentó en la función nocturna en Kingsport, pero, a la mañana siguiente, estuvo encadenada a la parte trasera de la carpa durante la función previa a su ejecución. Heron propuso a Sparks que Mary fuese ahorcada esa misma tarde. Un poco contrariado, aún considerando la propuesta de un ministro local de exorcizar a la elefanta en lugar de matarla, Sparks aprobó nuevamente la decisión de su publicista.

Llovía torrencialmente. Sobre el fango, una procesión presidida por cuatro elefantas, dos filas de acróbatas y veinte payasos llorando se abrió paso entre la multitud aglutinada junto a las vías del tren en Erwin, Tennessee. Al mejor estilo de linchamiento de un capítulo de Los Simpsons o de South Park, el pueblo entero, casi 3.000 personas –con niños incluidos–, colmó los alrededores de la estación para asistir al dulce evento de la venganza.

La grúa, la plataforma y la cadena estaban listas. La elefanta emitía barritos nerviosos mientras se mecía en el estrecho espacio que le permitía su pata encadenada; parecía saber lo que estaba a punto de ocurrir. Los niños observaban entre el terror y la alegría, con ese morbo del que sólo los niños y los peores asesinos son capaces. La pata que había aplastado la cabeza de Red Eldridge fue liberada, la cadena fue atada alrededor del cuello de Mary, que pataleaba desesperada; la grúa fue puesta en funcionamiento y levantó el cuerpo de la elefanta, que seguía sacudiendo las patas traseras a dos metros de altura. Un crujir de metal, músculos y huesos reemplazó al silencio expectante: la cadena no pudo con las cinco toneladas de la elefanta, que cayó sobre sus patas traseras soltando alaridos de dolor que dispersaron a la multitud. Se había fracturado la cadera con la caída. Sufría: un motivo más para matarla.

Diez minutos más tarde, la cadena fallida fue remplazada por una más gruesa. Esta vez Mary no opuso la menor resistencia, su cuerpo fue levantado por la grúa hasta quedar completamente inmóvil. En ese momento, un fotógrafo anónimo –presuntamente un operador de grúa llamado T. K. Broyles– tomó la famosa foto. Eran las 5 de la tarde del miércoles 13 de septiembre de 1916; esta vez el espectáculo había terminado definitivamente para Mary.

A pesar de sólo haber prestado la grúa para un sacrificio decidido por Charlie Sparks, John Heron y el pueblo de Kingsport, la fama vergonzosa de ser el pueblo que ahorcó a la elefanta continúa pesando sobre Erwin, Tennessee. Una tienda de antigüedades llamada «El elefante colgado», un artículo publicado en la revista Playboy, el recuerdo en la memoria de los entonces niños del pueblo, esta fotografía anónima y la costumbre gringa de ahorcar al enemigo son todo lo que queda de esa tarde de septiembre.

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Ángel Unfried

Director y editor de la revista El Malpensante. Ha colaborado en Diners, Shock, Bacánika, La República y El Heraldo. Editor y relator de varios talleres de la FNPI.

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