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Breviario

Puzzleros

Los crucigramas y cómo pasaron de una simple costumbre a porotagonizar programas de televisión.

© Ilustración de Wilson Borja

Hay gustos que se tienen porque se heredan de la familia y hay gustos que se adquieren por irresponsabilidad propia. Fumar, en mi caso, es una irresponsabilidad propia. El gusto por los puzzles, en cambio, es uno del primer tipo, macerado durante años en una familia cazapalabras. Estos gustos, que con el tiempo son vistos como una excentricidad, casi una incoherencia, se conservan con un afecto especial por venir envueltos en el halo tibio de esas pequeñas tradiciones privadas que nos sostienen en las horas duras, metálicas, de la adultez sin refugio.

Postulo que la costumbre tan poco glamorosa de plegar el diario del domingo, tomar un lápiz y ponerse de cabeza a resolver un juego apenas desafiante y bien inútil no tiene que ver con un determinado nivel cultural ni con ser un nerd redomado, sino con la bendita disposición a perder el tiempo, a estar callados, a querer perderse con felicidad en los cajones de la mente que acumulan información dispersa, no dirigida a un objetivo, sin ganancias aparte de la satisfacción volátil, gratuita, de cumplir una vez más con un rito voluntariamente hecho propio.
Nadie premia ni admira a los puzzleros; al contrario, se les acusa de indulgencia con esa grieta algo infantil que habla de un origen provinciano, de una cultura obsoleta, como de Enciclopedia Salvat, muy despreciada por los modernos. Que habla de gente que, durante interminables viajes al sur –siete personas apretadas como sardinas en un Opel del 78–, se entretiene adivinando palabras en vez de escuchar a Ricky Martin o contar camiones verdes y amarillos.
El tema me ronda por razones de trabajo, de modo que vi Word play, un documental sobre el mundo puzzlero en Estados Unidos, como si fuera un estreno de Tavernier o Woody Allen. Vi a puzzleros célebres como Bill Clinton (tiene unas manos preciosas, es zurdo, usa un scripto corriente) o Mike Mussina, un beisbolista de los Yankees, gran pitcher parece, que desde ahora es para mí el hombre perfecto hasta que alguien me demuestre lo contrario. La gringada inevitable está en los concursos anuales de puzzleros super­rápidos, en escenas que a pesar de su tosquedad estética (lugares feísimos, mal cutis de los concursantes, y el fanatismo, siempre tan desagradable de contemplar) resultan muy atractivas una vez que se des...

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Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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