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Columna

¿Qué hay de nuevo en WikiLeaks?

Muchos medios a nivel mundial lograron desviar la atención y convertir el nombre de Julian Assange en protagonista de un escándalo sexual. El impacto de su proyecto en el mundo merece mayor atención.

Máscaras de Julian Assange en Ipanema © Agencia Estado • Xinhua Press • Corbis


Desde que comenzó a operar, hace tres años, ha publicado casi un millón de documentos de “contenido sensible e interés público”. El video donde un periodista cae asesinado a manos de soldados norteamericanos, en julio de 2007, fue la primera de una cadena de filtraciones sobre la guerra en Afganistán (75.000 documentos), la guerra en Irak (400.000) e informes confidenciales de muchas embajadas de Estados Unidos (exactamente 251.187 documentos), a las cuales se suman el misterioso archivo “insurance. aes.256” que se abriría si “algo grave le pasa a WikiLeaks”, o la lista anunciada de unas 2.000 cuentas cifradas en Suiza.

En semejante diluvio de información hay una gran cantidad de boberías, pero también hay cosas escandalosas, o vergonzosas, o por lo menos incómodas para sus protagonistas. Por eso WikiLeaks ha producido un choque tan abrupto de opiniones: mientras el relator de Naciones Unidas dice que Assange, su fundador, es “un mártir de la libertad de expresión”, la ex candidata Sarah Palin dice que “es un terrorista que debe ser perseguido tanto como Al Qaeda”.

El debate ha sido pasional y confuso porque en él, a mi juicio, se entrecruzan tres cuestiones distintas, aunque emparentadas: la de secreto de Estado versus derecho a saber, la de periodismo e internet, y la de quién tiene el poder de regular las e-comunicaciones. La primera discusión es muy antigua, la segunda tiene diez o quince años, y la tercera, que está apenas comenzando, es la que hace de WikiLeaks un asunto de veras novedoso. Y decisivo.

El secreto de Estado es tan viejo como el Estado mismo y como la censura que siempre se ha practicado en tiempos de guerra o para prevenir calamidades públicas. Claro que los gobernantes lo utilizan además para tapar sus abusos o sus jugadas torcidas, y claro que los ciudadanos tenemos el derecho de saber cómo usan el poder aquéllos a quienes se lo confiamos.

El problema es entonces de límites, porque no todo lo que hace un funcionario se puede divulgar (por ejemplo, los preparativos de la operación Jaque) pero tampoco todo se puede silenciar (por ejemplo, los falsos positivos). Así que en WikiLeaks hay cosas que han debido conocer...

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Nikson García

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Hernando Gómez Buendía

Columnista de El Malpensante. Es también director de la revista digital www.razonpublica.com.

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