Google+ El Malpensante

Columna

Gruñones punto com

Entre la aversión y la adicción, los intelectuales viven una intensa bipolaridad respecto a las redes sociales. La columnista, también disciplinada tuitera, toma partido en la polémica.

© Scott Wilson • Image Zoo • Corbis

 

“¡¡¡¡¡Fuck Facebook!!!!! No sirve para vender libros, no es sino un depósito de pervertidos, gente que te cobra sentimientos, viejos amigos pidiendo favores, ex novias sifilíticas buscando sexo y escritores de pacotilla rogando por elogios para sus contraportadas… ¡¡¡Sayonara, Motherfuckers!!!”.

Así se despidió el escritor James Ellroy en su página de Facebook, con gran estilo me parece a mí, con gran escándalo parece que también, pues su breve sayonara dio para noticia en todo el mundo. En otro orden de cosas, aunque no tanto, como quiero mostrar aquí, Mario Vargas Llosa dijo hace un mes a un semanario uruguayo que “internet ha liquidado la gramática”, que el lenguaje de los jóvenes en las redes sociales es aterrador y que “si escribes así, es que hablas así; si hablas así, es que piensas así, y si piensas así, es que piensas como un mono”.

Con parecido ceño fruncido andaba un periodista catalán de fama que viajó a Chile a presidir un premio de excelencia en periodismo del que he sido varias veces jurado. Ese galardón, de una universidad jesuita pequeña pero muy prestigiosa de Santiago, reúne en una cena a gente importante, gente no tan importante pero famosa, políticos y muchos, muchos periodistas. Allí, pues, el hombre habló con absoluto desprecio de aquellos que se expresan en las redes sin ser profesionales de la escritura o la información y, a propósito de qué formatos podrían quizás estar reemplazando la jerarquía tradicional de la noticia que los diarios proveen, hizo “en vivo” una comparación de los trending topics de Twitter en España, Estados Unidos y Chile.

El invitado estelar quería probar la estulticia del medio, por supuesto, pero entonces se produjo una casi imperceptible vibración entre los asistentes, que nos mirábamos entre divertidos e incómodos porque lo que teníamos delante, aferrado a un palio por sobre la altura de nuestras cabezas, era un personaje a quien podríamos haberle preguntado (en inglés como en la serie de donde me robé la escena): “Are you from the past?”. Pues, para desgracia de su argumento, al menos esa noche los tuiteros chilenos podrían perfectamente haber armado la pauta de un diario de los de siempre, a la vez globalizado y muy local: se hablaba de muerte (la del asesino de un general antipinochetista), deporte (Mourinho), agitación social (protestas universitarias), la boda real (como en todas partes), tecnología (#pcmac), Gonzalo Rojas (¡chimbalacachumba, un poeta de trending topic!) y Edmundo Varas (un “chico reality”, no sé si en Colombia tienen esta triste variedad de engendro). Era casi para estar orgullosos: la vida misma, con sus grandes temas, sus temas no tan grandes y sus pequeñas tonterías estaba ahí, palpitando como un botón intermitente.

En esa velada un par de amigos, excelentes profesores ambos, se reían de otro que tenía más de veinte mil tuiteos, como si la cifra fuera una especie de frontera entre la sanidad mental y la ficha de ingreso al psiquiátrico. (Yo me reía con ellos, y tengo como doce mil.) Me acordé entonces de una de tantas notas del estilo “Diez razones para no estar en Twitter” que hacen nata en los suplementos semanales. Ésta en particular la firmaba un periodista de mi generación conocido por su vocabulario básico y escasa rigurosidad, y escribía: “Twitter mata las ideas propias... la actitud Twitter es falsa, artificial... No existen los followers... Twitter modifica tu cerebro. Le quita capacidad de concentración. De hilvanar una historia... Las ovejas, a Twitter. ¡Los librepensadores, desenchúfense!”.

Ven un patrón aquí, ¿no es verdad? Son los gruñones punto com.

En rigor no me molesta esta nueva modalidad de la crítica cultural, la de los aversos a las redes sociales, porque la creo necesaria (siempre la crítica es necesaria, tal como la protesta social es siempre necesaria), y le pongo atención porque me obliga a hacerme preguntas y a medio contestármelas, que es lo que hace uno cuando tiene intereses diversos y una formación poco sólida. Pero ocurre que los destemplados gruñidos que he citado se podrían refutar uno por uno, aunque aquí solo voy a hacerlo de dos en dos, porque no soy experta y no pretendo sino echar leña al fuego: así hay más luz.

Ellroy es famoso por su mal carácter y lo queremos y admiramos así, enojón, atrabiliario, iracundo; su editor lo obligó a estar en Facebook y su rebelión es simplemente la constatación de que nunca debió hacerle caso. El tema industria-del libro-slash-comunidades-virtuales lo dejo para otro día porque en realidad no es pertinente aquí: el problema de Ellroy es con la fama, un fenómeno anterior a las redes sociales.

En cuanto a Vargas Llosa y el habla de los jóvenes, yo también creo que la reducción del vocabulario afecta el pensamiento, y que una comunidad con un lenguaje degradado es más inculta y menos deseable como ideal social. Pero no les echo la culpa a los jóvenes del acabose porque –siguiendo la mafaldina fórmula inmortal– creo que solo es el continuose del empezose de sus padres. Y en segundo lugar, creo que asistimos a cambios lingüísticos (no solo comunicacionales: lingüísticos) muy profundos que no se resuelven con una pataleta aristocratizante. No sé explicarlo bien, pero sí sé que Varguitas, muy Nobel y todo, tampoco lo explica bien.

Para mí la lengua es un espectáculo, siempre lo ha sido, y por eso mi experiencia en Twitter –sesgada como todas, nunca lo olvido– es, aparte de sus otros usos, como ir a ver a Shakespeare y Lichtenberg todos los días: allí eres testigo de un habla que muda en tu presencia, de hallazgos tipográficos y verbales –el spanglish involuntario, o el hashtag como artificio retórico, por ejemplo–, estrategias narrativas hechas poderosas en la brevedad, modos de un habla mezclada, mestiza, palabras que prenden como la pólvora y pueden convocar a una marcha tanto como a una inmersión poética o un epitafio colectivo. En Twitter el aforismo de grandísimo ingenio está al alcance de cualquier cristiano, ¿cómo me voy a perder eso?

Quiero, necesito, estar ahí para presenciarlo.

Hay mucho paño que cortar al respecto, cómo no, y quizás por eso me asombra esa inmensa seguridad con que algunos descartan fenómenos muy complejos que es imposible que conozcan bien. Me asombra, digo, no su rechazo sino lo tajantes que son, como el periodista básico del que hablé, el paladín de la frase corta y el periodismo-palomita-de-maíz, que no se arruga en dictaminar que “Twitter modifica tu cerebro. Le quita capacidad de concentración. De hilvanar una historia”…

¿Por qué lo hacen? Pues no sé, porque los nuevos modos de comunicarse los pillaron a destiempo, supongo; porque temen, porque allí pierden sus privilegios, porque están atrapados en su personaje y el gesto es lo que se espera de ellos. Por maña o manía, también, y en eso me parece muy bien ser soberanos. Y por honestidad intelectual, por supuesto: de todo hay en la viña del gruñón.

En cuanto a mí, en esto soy un personaje en transición: hay ideas a las que les tenía mucho cariño pero que ya no tienen futuro dentro de mi cabeza. Hay otras que están ahí por mientras, a prueba. Lo que sí tengo claro es que quiero correr la misma suerte de todo el mundo. Estar cerca, oír hablar a todo el mundo. Para eso hay que conocer las redes sociales y aprender de ellas. Así, apoyo la figura del cascarrabias letrado pero a la vez temo por su lucidez a mediano plazo. Por decirlo a la tremenda, siento que en tiempos de calma podemos discutir latamente, con capas y capas de argumentos, sobre qué estilo de natación tiene mayores virtudes, si el crol, el nado de pecho, el estilo mariposa…, pero cuando viene el tsunami no es heroico nadar de espaldas, es estúpido.

Página 1 de 1

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

Junio de 2011
Edición No.120

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Los hombres me explican cosas


Por Rebecca Solnit


Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

Elogio del menosprecio


Por Christy Wampole


Publicado en la edición

No. 153



Comentarios exaltados, tuits furiosos, alaridos digitales. Vivimos en tiempos de indignación masiva. Sin embargo, aparte de amargarnos la vida, generalmente no cambiamos nada. ¿Existe al [...]

Científicos burócratas


Por David Graeber


Publicado en la edición

No. 151



Los centros de investigación en ciencia y tecnología han copiado en mala medida los vicios del mundo corporativo. El resultado es que el quehacer de la actividad científica transc [...]

Vampiros en Cartagena


Por Luis Ospina


Publicado en la edición

No. 101



¿Qué puede salir del encuentro entre tres cinéfilos reunidos para hablar de lo que más les gusta? Esta desempolvada entrevista puede ofrecer una respuesta. [...]

Columnas

La comba del palo

El control del comercio sexual

En uso de razón

¿Qué hay de nuevo en WikiLeaks?

Paseos citadinos

Paseo cartagenero por una Manga sin mangos

El arte del trapecio

Razones y tradiciones

No lo veo claro

Mary Roach y sus cadáveres fascinantes