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Arte

Mis tatuajes

Nota bigráfica y traducción de Hernán D. Caro A.

Nada de escandaloso tiene hablar de los tatuajes hoy en día. Muy distinto era revelarlos en los años veinte, y justo eso es lo que hace este polémico escritor, muy famoso en Alemania, pero poco conocido y casi inédito en lengua española.

Egon Erwin Kisch, retratado por Christian Schad en 1928 © BPK • Hamburguer Kunsthalle • Elke Walford
 

Mi compañero de cuarto, Heinrich, a quien 40 trifulcas y 35 partidas de puñal le han convertido el rostro en una cuadrícula, el cráneo en un plato de carne molida y el cuerpo en el apéndice de ilustraciones de un manual de cirugía; mi compañero de cuarto, Heinrich, agita el susodicho plato de carne molida despectivamente cuando me ve sin camisa frente al lavamanos. “¡Me resulta incomprensible –dice– cómo uno puede dejarse hacer eso!”.

También el funcionario de correos pensionado, Anton Schissling, que sufre de cargo de conciencia por haberse equivocado alguna vez en quince céntimos al cobrar por dos estampillas, piensa que mis tatuajes son un gran error. Me advierte en el baño turco que jamás se mandaría a hacer algo así. “Si alguna vez matara a alguien –o algo por el estilo–, cualquier policía del mundo me reconocería gracias a esas cosas”.

Y lo mismo sostiene Willy “labio-leporino”, que sí tiene asuntos pendientes con la policía (fue condenado a dieciocho años por falsificación en Roma y Estocolmo, por estafa en Nueva York y por encubrimiento y desfalco en Berlín). Cuando se acerca cojeando –por suerte se puede escuchar desde la distancia su pie deforme golpeando contra el pavimento, y el lunar en su mejilla brilla a cincuenta metros– me largo de inmediato, pues se burla de mí todo el tiempo: “¡Ja! ¡No soy tan tonto como para ponérsela fácil a la policía haciéndome un tatuaje!”.

El comandante de mi compañía, quien desde que nació lleva colgado del cuello un medallón a modo de amuleto, no podía comprender que uno se tatuara. “La sola idea de llevar la misma cosa pegada al cuerpo toda la vida me volvería loco”.

Mi amiga Lu sostiene máximas universales. “Uno no debe jugar con el cuerpo que Dios le dio”. Lo dice mientras arruga su guapa nariz achatada, por la que el año pasado pagó 150 dólares al cirujano Josef sin el menor escrúpulo, mientras que le parece una desvergüenza que el médico de la Charité le cobrara cinco marcos por agujerea...

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