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Iceberg

Cuando la sociología era cool

    

Fotografía de Furrukh Khan


Quizás nos acusen de caerle al caído, pero ahora que murió Orlando Fals Borda, el último de los fundadores de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional (antes habían muerto Camilo Torres y Eduardo Umaña Luna), caemos en la cuenta de que a la sociología la afecta una enfermedad social; la sociología ya no es cool.

Es difícil exagerar el prestigio que tenía la sociología en los años sesenta y setenta en este país. Si uno estudiaba en una universidad pública o hacía parte de las minorías belicosas que despreciaban el vil metal y preferían las ideologías radicales en las universidades privadas, la mejor manera de no dormir nunca solo era estudiar sociología. Los sociólogos o aspirantes a sociólogos dominaban las redacciones cuadernícolas de la época, obtenían puestos de privilegio en las estructuras militantes, y el estudiante de sociología era el primero al que le pasaban el micrófono en los mítines.

La relativa inutilidad de la sociología en el mundo real, por fuera de la academia, no era vista como un problema porque siempre resultaba posible pasarse la vida en la universidad, ya fuera como profesor, ya fuera como eterno estudiante maltratado por el imperialismo. Max Weber y Comte, santos dadivosos, protegían a todos los sociólogos por igual. Un sociólogo se percibía a sí mismo como una suerte de mecánico de la sociedad, un futuro operador de los inmensos aparatos de planificación que las ideologías en boga prometían para el futuro.
 
Sin embargo, las ambiciosas teorías sociales de la época vienen de capa caída desde hace un tiempo, y ya casi nadie cree en el determinismo histórico que exigia la presencia de muchos sociólogos. Los experimentos que se hicieron a nombre del pueblo oprimido no resultaron bien, por decirlo suave, y surgió el problema de que la sociedad no parece tener comportamientos mecánicos de esos que los sociólogos pueden atender con éxito. Por el camino, la idea de progreso, tan querida por los sociólogos, fue víctima de varios cataclismos. Incluso hay quien diga que es mejor no hacer experimentos sociales a gran escala porque al final se llenan de muertos.

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