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Columna

La casa Ariza

En el mundo de la autoconstrucción, ¿qué papel les corresponde a los arquitectos?

© Juan Luis Rodríguez

 

Hace un año por esta época me llamó uno de mis hermanos para hablarme sobre una nota escrita por mí en El Espectador, acerca del proceso de construcción de las casas de desarrollo progresivo, comúnmente llamado “autoconstrucción”. “Parece estar describiendo lo que pasó con la casa de Roselia Ariza”, me dijo, refiriéndose a una construcción en la que yo había participado hace un tiempo: un largo proceso que creí finalizado cuando se terminó el segundo piso y nos invitaron a un asado, trece años después de la compra del lote. El proceso, sin embargo, siguió abierto por largo tiempo y con muchísimas modificaciones, como pude constatar la semana pasada, cuando Roselia me llamó a pedirme que la visitara. El motivo de su llamada era que los últimos inquilinos se acababan de volar sin pagar dos meses de arriendo y servicios, y quería consultarme unos planes que tenía para subdividir la propiedad y vender una parte. Acepté la invitación y acordamos encontrarnos en el Portal de Suba el jueves siguiente.

Al llegar, encontré una construcción totalmente distinta a la que había concebido a mediados de los ochenta y que creí terminada hace más de diez años. En el afán de sacarle jugo a cada centímetro cuadrado disponible, habían construido un tercer piso y habían ocupado la mitad de cada uno de los dos patios posteriores. La casa había sido ampliada y dividida según se fue haciendo provechoso al creciente número de residentes; una forma de adaptar la vivienda a las necesidades de la gente, que yo había estudiado en la universidad, pero que evidentemente me había quedado corto en entender.

El resultado es que la “casa” no es una casa, ni un inquilinato, ni un edificio de apartamentos, sino todo y nada a la vez. Como en un marranito de barro, se depositaron en ella los ahorros de toda una vida. Ahora resulta muy difícil de vender por lo que costó, y casi imposible tratar de ganar algo de plata con la venta. El término que en mi opinión se le acomodaría mejor es el de una “ornitorrincoalcancía”, de la que ahora pretenden sacar algunos pesos.

Mi hermano tenía razón cuando dec&i...

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Juan Luis Rodríguez

Es profesor de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia.

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