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Jornada de un inmigrante africano en París

Hace diez años, Mamadou partió de Malí hacia su segundo exilio en la capital francesa. Desde entonces, día tras día, debe completar un viaje de ida y vuelta desde una zona marginal –poblada de inmigrantes y conocida como el Bronx de París– hasta un restaurante en uno de los sectores más exclusivos de la ciudad. En esa cocina lava platos tarde y noche para enviar dinero a África y sobrevivir silenciosamente en la Ciudad Luz. 

Fotos de Gabriel Magnesio

 

Mamadou, el malí, era menor de edad cuando llegó a París. “Tenía diecisiete años, pero en Bamako había negociado unos papeles donde figuraba dos años mayor”.

La falsa visa de turismo venció poco después. Un primo le consiguió una cama en un asilo de compatriotas. “Los malíes siempre tenemos un primo que nos recibe, aloja y consigue trabajo”, dice casi con orgullo. El asilo es una fábrica abandonada en Montreuil, la periferia pegada a París, donde la diáspora africana se instala desde hace más de cuarenta años. El lugar, apodado Little Bamako, es tan conocido en Malí como la Torre Eiffel.

Cuando llegó, su habitación era un santuario de cucarachas. El asilo era un espacio superpoblado, cuyos habitantes reproducían el hacinamiento y la promiscuidad, tan frecuentes en el África subsahariana. “Era duro, dormía mal, tenía hambre. Vivía como ilegal y hacía pequeños trabajos. Después de cinco años conseguí algo mejor en una empresa de limpieza. Pero con el primer salario compré el billete de avión para regresar a África”.

Se fue del gueto y de París como había llegado, con lo puesto y el Corán bajo el brazo. “Cuando volví a Malí después de mi primer viaje, mi familia se decepcionó. Tenían la esperanza de que desde París iba a empezar a enviarles dinero. Era el objetivo del viaje, ellos fueron los que siempre me empujaron a partir. Pero nada. Volví con las manos vacías y cansado. Retomé el liceo y lo terminé. Me inscribí luego en la universidad, donde estudié árabe durante cuatro años en una escuela coránica. Pero mi familia me insistía en que debía volver a Europa. Alguien tenía que generar ingresos”.

Pasados muchos años decidió intentarlo de nuevo. Volvió a París. Esta vez dejó en Malí a una esposa y tres hijos. Ya no tenía diecisiete, pasaba los treinta. En medio de los vapores de la cocina, Mamadou recuerda que fue hace diez años cuando emprendió ese viaje y encontró trabajo lavando platos e...

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Gabriel Magnesio

Sus trabajos han sido publicados en SoHo (Costa Rica), Travesías (México), La nación (Argentina) y Vogue (España), entre otros medios. Es autor de los libros París-Argentina, y Schengen.

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