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Columna

Sobre las amígdalas de Estado

¿Para qué sirven los vicepresidentes en Colombia? La compleja relación con Santos y el reciente fracaso de su candidatura a la Dirección General de la OIT convierten a Angelino Garzón en el nuevo protagonista de esta incómoda pregunta.

Angelino Garzón, actual vicepresidente colombiano © Jim Watson • AFP
 

Todas las instituciones y agencias tienen su vice-algo: vicerrector, viceprovincial, vicesecretario, vicedirector, viceministro, y así sucesivamente. El cargo de estos más colorido con el que me he topado es el de “vicepresidente axiológico” (¿o era “vicedirector epistemológico”?), creado, si mi memoria no me falla, por la Fundación Social. Lamento no haberlo ocupado, ni tener oportunidad de hacerlo jamás: suena tan bien... Pero salvo esta, las vice-cosas comparten, como tuve ocasión de experimentarlo en carne propia, una característica: todo el mundo se siente obligado a poner cara de circunstancias cuando las oye nombrar, pero nadie las toma demasiado en serio. A no ser que se trate de la “vicepresidencia axiológica”: eso ya está en otra liga.

Las vicepresidencias de las repúblicas siguen esa ley de mucha pompa y pocas funciones que prescribe implacablemente su prefijo. Constituyen algo así como las amígdalas del Estado: no se sabe para qué sirven, pero están ahí. Y la gente, más o menos en todas partes, les corresponde con una amable y tolerante indiferencia, porque intuye que una de las no despreciables ventajas de la marginalidad es que no puede causar mucho daño. No así en Colombia. Ya antes de que nuestro actual vicepresidente, Angelino Garzón, emprendiera su campaña por conquistar la Presidencia de la OIT, se había formado un minicoro pidiendo acabar con la figura: pues la idea de que hay que clausurar las instituciones para sacarse a la gente que nos parece incómoda ha adquirido desde hace rato carta de ciudadanía en nuestro medio.

Que Angelino es incómodo para tirios y troyanos está fuera de duda. Para diversos grupos y figuras de izquierda por su pasado sindical, que no le perdonan pues lo ven como a un traidor (inverosímilmente, también detestan sus intervenciones progres, pues les parecen un vil plagio). Para los empresarios, por sus declaraciones, a veces acertadas, a veces extravagantes, a veces ambas, a favor de la equidad. Para los que consideramos a Uribe como un peligro, por su devoción apasionada al caudillo antio...

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Francisco Gutiérrez Sanín

Columnista de El Malpensante y El Espectador. Es profesor en el Iepri de la Universidad Nacional de Colombia.

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