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Columna

Políticos y poetas

Burlas, críticas e insultos ha inspirado Que la paz sea contigo, el libro de poemas publicado por el senador Roy Barreras. Entre las aguas de lo político y lo literario, ¿cuáles son las razones de tan unánime rechazo?    

Cubierta del nuevo libro de poemas del senador Barreras • © Cortesía de Editorial Planeta


Con una valentía que nadie tiene derecho a escatimarle, el senador vallecaucano Roy Barreras presentó a lo grande en la pasada Feria del Libro de Bogotá su flamante poemario Que la paz sea contigo. Ya antes había mostrado sus inclinaciones literarias con una novela, cuyo título, como en el caso de la lírica, está inspirado en la Biblia: Polvo eres y en polvo te convertirás. Pero el poemario tuvo más impacto. Suscitó un inmediato plebiscito en Twitter, en donde le lanzaron al autor toda clase de tomates y huevos de 140 caracteres. No encontré un solo elogio entre los mensajes que revisé. Déjenme revelar mi asombro: nunca pensé que algo pudiera alguna vez lograr la unanimidad en la proteica, estridente y porfiada esfera virtual. Los humoristas –por ejemplo del infatigable programa La Luciérnaga– tuvieron su día de fiesta, citando, imitando, parodiando, zahiriendo y atormentando al pobre Roy.

 

El lector dirá que se lo tiene bien ganado. La gente que lee literatura en este país tiende a sospechar de un exponente arquetípico de la vieja política que merodea en los campos de la cultura. Y hay en efecto un desfase brutal entre el gusto de quienes están instalados allí y los políticos, que entran apenas como aficionados. Al reprocharles su carácter amateur, les cobran de paso todas las cuentas, reales o imaginarias, que puedan deber.

No siempre fue así, como sabe todo aquel que siquiera se haya asomado a la historia política de nuestro país. Durante largos períodos, nuestros líderes fueron gramáticos, poetas y latinistas. Claro, se exponían a recibir varapalos (Rafael Núñez, decía el Indio Uribe, si no me equivoco, era tan incapaz de escribir un buen verso como de hacer un buen decreto), pero por parte de otros políticos-literatos, afiliados al bando contrario. Eran en buena medida los políticos y los dirigentes liberales y conservadores quienes establecían los estándares del gusto literario, y de cuando en cuando se daban el lujo de atacar salvajemente a quienes se desviaran de la línea correcta: basta con hojear las críticas de Laureano Gómez contra León de Greiff para darse cuenta de la distancia a la que estamos de ese mundo. Cierto es que Laureano era un caso aparte. Pero el punto es que el mundo de la cultura cabía dentro del mundo de la política. Esto, por lo demás, no era ni de lejos solo colombiano. Teníamos intelectuales y escritores notables, claro (de hecho creo que muchos), pero la gran mayoría de ellos estaba articulada a la lógica de la esfera pública bipartidista. No solo los funcionarios del Estado, sino también los novelistas y poetas, declaraban su afiliación azul o roja para encontrar una posición en el mundo. Y aquí no estoy hablando de los malos, o los marginales, sino de la gente que en su momento fue consideraba como del primer nivel.

Como en otros países de América Latina, el marxismo de la década de 1960 significó aquí una revolución intelectual, que cambió de manera relativamente rápida la relación entre los escritores y los políticos. La revista Alternativa de finales de la década de 1970 es a la vez el mayor símbolo y el síntoma inequívoco de esa emancipación de los intelectuales colombianos, que de pronto descubrieron que se podían quitar, con beneficio, la cofia bipartidista. Confluyeron alrededor de ese proyecto antisistema nombres que han marcado nuestra vida cultural durante décadas, comenzando por García Márquez. Y aunque todavía en 1982 ungimos al último de una larga serie de presidentes-poetas, Alternativa simbolizó el fin de la hegemonía de los políticos liberal-conservadores sobre la literatura. ¡No está tan lejos!

¿Dije emancipación? Con respecto al bipartidismo, sí, claro. Con respecto a la relación entre el intelectual y algún partido, no. Quizás hubo incluso un retroceso, pese al obvio sentido modernizador de la acción de los involucrados. En el relato marxista, el partido o una clase social determinaba la línea correcta, y en ese sentido se establecía, potencialmente con más severidad que en el contexto liberal-conservador, una fuente de autoridad incontestable e intangible. Como en muchos otros terrenos, en este aprendimos en Colombia a las malas, solo después de mucho desencanto y, toca decirlo, mucha sangre derramada. Quien haga una revisión de las cartas –críticas– de intelectuales a la guerrilla necesariamente se sorprenderá por su carácter relativamente tardío. Sin embargo, en algún momento posterior a la Constitución de 1991 se produjo finalmente la fractura más o menos irreparable –en términos de funciones, de destrezas y de personal– entre el mundo de la política y el mundo de la literatura. De TODA la política. Y de pronto la balanza se ha ido inclinando en la dirección contraria. Hay muchos escritores que opinan políticamente, de manera muy veleidosa –como tiene que ser–, y nadie los crucifica por invadir terrenos vedados. Son ahora los políticos quienes deben cuidarse de no traspasar las fronteras invisibles.

Por creciente división del trabajo, por el enorme desprestigio de nuestra clase política, por cambio tecnológico, por estas trayectorias atormentadas que solo he podido esbozar aquí, o por todas las anteriores, este proceso adquirió en Colombia un carácter más bien agresivo. Por eso lo de Roy, que a la luz de lo expuesto arriba era en esencia solo un anacronismo, casi degenera en escándalo. Esta agresividad, pero de una manera apenas tentativa y aproximada, y conservando todas sus especificidades locales, corresponde a una tendencia más universal, que debilita los vínculos entre los intelectuales y las organizaciones sociales, por un lado, y los partidos políticos, por el otro. La época de oro de los partidos pasó, quizás para siempre. La buena noticia es que eso implica que podríamos estar ante la superación definitiva de la figura del presidente-poeta (que entre otros adefesios nos dejó nuestro himno nacional). La mala es que en paralelo se abrieron las puertas para que la función de la política comience a ser fagocitada por figuras de la farándula, o por deportistas, o por locutores, sin ninguna familiaridad con la función de gobierno, ni inclinación real por ella. Muchas más cosas raras nos esperan impacientes en el futuro inmediato.


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Francisco Gutiérrez Sanín

Columnista de El Malpensante y El Espectador. Es profesor en el Iepri de la Universidad Nacional de Colombia.

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