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Literatura

Lapalabra

Un aire solemne y anacrónico suele acompañar la voz de algunos escritores al referirse a la materia prima de su oficio. La autora acude a otras fuentes para hacer justicia a la vitalidad de la escritura.

Ilustración de Bea Crespo

 

Salí a correr y volví pensando en la palabra lapalabra. La he escuchado en simposios, seminarios, entregas de premios, congresos, todos sitios repletos de escritores, editores, periodistas, o sea, gente relacionada, de una manera o de otra, con la escritura, con sus dificultades, sus encabritamientos, sus epifanías, sus lacios prados de pastura cuando todo sale bien y sus tormentas solares cuando nada se acomoda. En esos sitios, antes o después, alguien siempre sube al estrado y habla de esto que hacemos –escribir– y dice, por ejemplo, “el maravilloso mundo de lapalabra”. O “ustedes, que se entregan por completo a lapalabra”. O “el reino de lapalabra”. O “nosotros, devotos de lapalabra”. O “fulano, que ardió y vivió en el mundo inigualable y mágico de lapalabra”. Y yo me siento pésimo –me siento pésimo, de hecho, escribiendo esto–, porque no pocas veces la persona que dice cosas como esas es una persona a quien admiro, de quien he aprendido y sigo aprendiendo cosas, a quien respeto. Pero, cuando escucho la palabra lapalabra, me digo “Ay”, y siento lo mismo que siento cuando los políticos dicen “el pueblo”, o “la gente”, o pronuncian frases como “los destinos de nuestra nación”: desánimo, abatimiento sin fin.

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Leila Guerriero

Periodista y editora para el Cono Sur de la revista Gatopardo. Su último libro, 'Una historia sencilla', fue publicado en el 2013.

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