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Literatura

Lapalabra

Un aire solemne y anacrónico suele acompañar la voz de algunos escritores al referirse a la materia prima de su oficio. La autora acude a otras fuentes para hacer justicia a la vitalidad de la escritura.

Ilustración de Bea Crespo

 

Salí a correr y volví pensando en la palabra lapalabra. La he escuchado en simposios, seminarios, entregas de premios, congresos, todos sitios repletos de escritores, editores, periodistas, o sea, gente relacionada, de una manera o de otra, con la escritura, con sus dificultades, sus encabritamientos, sus epifanías, sus lacios prados de pastura cuando todo sale bien y sus tormentas solares cuando nada se acomoda. En esos sitios, antes o después, alguien siempre sube al estrado y habla de esto que hacemos –escribir– y dice, por ejemplo, “el maravilloso mundo de lapalabra”. O “ustedes, que se entregan por completo a lapalabra”. O “el reino de lapalabra”. O “nosotros, devotos de lapalabra”. O “fulano, que ardió y vivió en el mundo inigualable y mágico de lapalabra”. Y yo me siento pésimo –me siento pésimo, de hecho, escribiendo esto–, porque no pocas veces la persona que dice cosas como esas es una persona a quien admiro, de quien he aprendido y sigo aprendiendo cosas, a quien respeto. Pero, cuando escucho la palabra lapalabra, me digo “Ay”, y siento lo mismo que siento cuando los políticos dicen “el pueblo”, o “la gente”, o pronuncian frases como “los destinos de nuestra nación”: desánimo, abatimiento sin fin.

A lo mejor, la palabra lapalabra fue una genialidad cuando alguien la pronunció por primera vez. Como aquello de los dientes como perlas, los labios como rubíes, las mejillas como manzanas: todas gemas que, ahora, no alcanzan el rango de bijouterie barata porque, a estas alturas, son construcciones vaciadas de sentido. Así, la palabra lapalabra no dice –o ya no dice– nada de la conmoción, ni de la asfixia, ni del trance, ni de la soledad, ni de la entrega que implican la escritura y la vocación de la escritura. No habla del fango peligroso del lenguaje. De la médula floja de la duda. De la alegría salvaje del acierto. De que siempre, cada vez, toda la vida, es como empezar enloquecedoramente desde cero: disponerse a ser, ante cada texto, el mismo guiñapo de carne dudosa, el mismo sarcoma de impaciencia, la misma curiosidad idiota incandescente. Cuando mengano dice que fulano se entregó en cuerpo y alma a lapalabra, yo no logro ver la crucifixión agraciada de fulano. Más bien, me entran ganas de huir, y siento un escozor que se parece a la vergüenza ajena.

Quizás soy yo. Quizás es mi problema. Quizás desarrollé una alergia exagerada por el lugar común. Porque quienes mentan la palabra lapalabra suelen ser personas abocadas a la escritura, gente que tiene alta conciencia de lo que puede hacer un adjetivo bien puesto. Gente, en fin, que sabe lo que hace.

El poeta francés Bertrand Noël dijo algo sencillo. Dijo: “Escribir es como abrazar un cuerpo que no se ve”. La escritora brasileña Clarice Lispector dijo que escribir es una maldición, “pero una maldición que salva”. Su compatriota, Rubem Fonseca, que “el objetivo honrado de un escritor es henchir los corazones de miedo”. Comparada con cualquiera de esas frases, la palabra lapalabra tiene la potencia de un aforismo de póster: ninguna.

Hace unos meses vi una película de Wim Wenders, Pina. Es un documental sobre la coreógrafa y bailarina alemana Pina Bausch, basado en testimonios de muchos integrantes de su compañía. Tiene dos momentos brutales, epifánicos, que producen esa clase de sobresalto o de revelación que solo acontece cuando el arte hace bien su trabajo, cuando duele de manera gozosa. El segundo no viene a cuento, pero el primero de esos momentos es este: uno de los bailarines de la compañía, un hombre rubio y pálido, de apariencia intacta, como si lo hubieran restregado hasta los huesos, cuenta que, durante el último ensayo de la obra Ifigenia, él bailó pésimo. El día del estreno, Pina Bausch entró a su camarín y él, después de semejante ensayo, esperaba, con cierto temor, recibir alguna frase, alguna recomendación. Pero ella solo lo saludó y le deseó suerte. Ya estaba por irse cuando, desde la puerta, se dio vuelta y le dijo: “Recuerda: tienes que asustarme”. El hombre bailó como nunca había bailado antes. Lo que intento decir, con toda modestia, es que la palabra lapalabra no hará que bailemos como nunca hemos bailado antes. Que no es allí donde se bebe el fuego crudo que se necesita para escribir alguna cosa. Que la palabra lapalabra ya no asusta a nadie.

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Leila Guerriero

Periodista y editora para el Cono Sur de la revista Gatopardo. Su último libro, 'Una historia sencilla', fue publicado en el 2013.

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