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Artículo

Los hombres me explican cosas

Traducción de Natalia Becerra

Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para confirmarlo, una exitosa escritora norteamericana recorre su prontuario de experiencias frente a hombres tan arrogantes como ignorantes.

 

Ilustración de Jano Viñuela Agra 

 

I.

Todavía no sé por qué Sallie y yo nos tomamos la molestia de ir a esa fiesta en las laderas que otean sobre Aspen, Colorado. La gente era mayor que nosotras y aburrida –si bien de manera distinguida–; lo suficientemente mayor para que las dos, a los cuarenta y tantos, pasáramos como las jóvenes del paseo. La casa era estupenda –si a uno le gustan los chalets al estilo Ralph Lauren–: una cabaña de lujo de 800 metros cuadrados, con todo y cuernos de alce, un montón de kilims y una estufa de leña. Nos estábamos preparando para irnos, cuando nuestro anfitrión dijo: “No, quédense un poco más para que podamos hablar”. Era un hombre imponente que había hecho un montón de dinero.

Nos mantuvo esperando mientras los demás invitados se sumergían en la noche de verano, luego nos sentamos a su mesa de madera auténtica, y me dijo: “¿Entonces? Me dicen que has escrito un par de libros”.

Yo respondí: “Varios, en realidad”.

Él dijo, en la forma en la que uno anima al hijo de siete años de un amigo para que describa sus prácticas de flauta: “¿Y de qué se tratan?”.

Los seis o siete libros que había publicado para entonces se trataban de muchas cosas diferentes, pero en ese día de verano de 2003 comencé a hablar solo del más reciente: River of Shadows: Eadweard Muybridge and the Technological Wild West, mi libro sobre la aniquilación del tiempo y el espacio, y la industrialización de la vida cotidiana.

Él me interrumpió apenas mencioné a Muybridge. “¿Has oído hablar de un libro muy importante sobre Muybridge que salió este año?”.

Estaba tan atrapada en el rol de ingenua que se me había asignado, que asumí seriamente la posibilidad de que otro libro sobre el tema hubiera salido al mismo tiempo y de alguna manera me lo hubiera perdido. Y antes de que yo pudiera añadir algo, él ya me estaba hablando del libro, con esa mirada de suficiencia que conozco tan bien en un hombre cuando diserta, los ojos fijos en el borroso y lejano horizonte de su propia autoridad.

Permítanme decir aquí que mi vida está llena de hombres encantadores. Tengo una larga serie de editores que, desde muy joven, me han escuchado, alentado y publicado; un hermano menor infinitamente generoso; unos amigos espléndidos, de quienes se podría decir que –como el Secretario en los Cuentos de Canterbury, a quien todavía recuerdo de la clase del señor Pelen sobre Chaucer– “con alegría aprenderían y con alegría enseñarían”. Sin embargo, también existen estos otros hombres. De modo que el Señor Muy Importante seguía hablando con aire de suficiencia sobre ese libro del cual yo debería estar enterada, cuando Sallie lo interrumpió para decirle: “Estás hablando del libro de Rebecca”. O trató de interrumpirlo.

Pero él continuó como si nada. Ella tuvo que repetírselo tres o cuatro veces antes de que finalmente entendiera. Y entonces, como si estuviéramos en una novela del siglo xix, se puso pálido. Que en efecto yo fuera la autora del Libro Muy Importante, que después de todo él no había leído –solo había leído acerca de él en el New York Times Book Review unos meses antes–, confundía de tal modo las precisas categorías en las cuales estaba ordenado su mundo, que se quedó aturdido y sin palabras, pero solo por un instante, antes de que comenzara a perorar de nuevo. Siendo mujeres, esperamos a estar fuera del alcance de su oído para echarnos a reír, y desde entonces no hemos realmente parado.

Me gustan los incidentes de ese tipo, cuando las fuerzas que por lo general son tan escurridizas y difíciles de precisar se deslizan fuera de la hierba y son tan evidentes como, por ejemplo, una anaconda que ha comido una vaca o un elefante que ha defecado en la alfombra.

Cuando River of Shadows salió, un pedante escribió una carta mordaz al New York Times explicando que, si bien Muybridge había hecho mejoras en la tecnología de la cámara, no había hecho ningún avance en la química fotográfica. El tipo no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Tanto Philip Prodger, en su maravilloso libro sobre Muybridge, como yo habíamos investigado realmente el tema, dejando en claro que él había hecho algo extraño pero poderoso a la tecnología del colodión húmedo, acelerándola increíblemente, pero, por desgracia, a las Cartas al Editor no les hacen verificación de datos. Y tal vez porque el libro era sobre los temas viriles del cine y la tecnología, los Hombres Que Sí Saben aparecieron de la nada.

Un académico británico escribió en la London Review of Books una reseña llena de quejas y correcciones quisquillosas, todas ellas sacadas de la manga. Criticaba, por ejemplo, que para agrandar la posición de Muybridge yo había dejado por fuera a predecesores tecnológicos como Henry R. Heyl. Aparentemente no leyó el libro hasta la página 202 ni revisó el índice, ya que Heyl estaba allí (aunque su aporte simplemente no fue muy significativo). Sin duda, alguno de estos hombres ha muerto de vergüenza, pero no con la suficiente publicidad.

 

 

II.

Sí, los hombres así también critican los libros de otros hombres, y gente de ambos sexos aparece en eventos y no para de hablar sobre cosas irrelevantes y teorías conspirativas, pero en mi experiencia la absoluta y hostil confianza de los totalmente ignorantes es un atributo de género. Los hombres me explican cosas a mí y a otras mujeres, sepan o no de lo que están hablando. Algunos hombres.

Toda mujer sabe de qué hablo. Es la presunción la que hace las cosas difíciles, a veces, para cualquier mujer en cualquier ámbito; la que evita que las mujeres hablen y sean escuchadas cuando se atreven; la que aplasta a las jóvenes y las silencia al indicarles, de la misma forma en que lo hace el acoso callejero, que este no es su mundo. Nos entrena en la duda y la autolimitación, al tiempo que impulsa en los hombres el exceso de autoconfianza sin sustento.

No me sorprendería que parte de la trayectoria de la política estadounidense desde 2001 haya sido moldeada por la incapacidad de escuchar a personas como Coleen Rowley, la agente del fbi que hizo las advertencias tempranas sobre al-Qaeda. Pero sí influyó la administración de Bush, a la cual no se le podía decir nada, incluyendo que Irak no tenía vínculos con al-Qaeda ni armas de destrucción masiva, o que la guerra no iba a ser un “juego de niños”. (Ni siquiera los expertos hombres fueron capaces de penetrar en esa fortaleza de presunción.)

La arrogancia puede haber tenido algo que ver con la guerra, pero este síndrome es una guerra a la que casi todas las mujeres se enfrentan cada día, una guerra también dentro de sí mismas: la creencia de que son superfluas, una invitación al silencio, una guerra de la cual una carrera bastante buena como escritora (con mucho trabajo de investigación y datos desplegados en el momento preciso) no me ha liberado por completo. Después de todo, hubo un momento en que estuve dispuesta a dejar que el Señor Muy Importante y su presuntuosa confianza me hicieran tambalear en mi no tan firme certeza.

No olviden que he tenido mucha mayor confirmación de mi derecho a pensar y hablar que la mayoría de las mujeres, y he aprendido que una cierta cantidad de duda es una buena herramienta para corregir, comprender, escuchar y progresar, aunque demasiada es paralizante, y la total confianza en sí mismo produce idiotas arrogantes como los que nos han gobernado desde 2001. Hay un término medio entre estos extremos a los que los géneros han sido empujados, un cálido cinturón ecuatorial de toma y daca en el que todos deberíamos encontrarnos.

Las versiones más extremas de nuestra situación existen, por ejemplo, en los países de Oriente Medio, donde el testimonio de una mujer no tiene peso jurídico, por lo que la mujer no puede dar testimonio de que fue violada sin un testigo varón para oponerse al violador masculino. Lo que por supuesto rara vez pasa.

La credibilidad es una herramienta de supervivencia básica. Cuando yo era muy joven y apenas estaba comenzando a entender el feminismo y por qué era necesario, me ennovié con el sobrino de un físico nuclear. Una Navidad, su tío estaba contando –como si se tratara de un tema ligero y divertido– que la esposa de un vecino en su barrio suburbano de inventores de bombas había salido corriendo desnuda de su casa, en medio de la noche, mientras gritaba que su esposo estaba tratando de matarla. ¿Cómo, pregunté, sabía que no estaba tratando de matarla? Él me explicó, pacientemente, que eran respetables personas de clase media. Por lo tanto, que su marido estuviera tratando de matarla simplemente no era una explicación creíble para que ella huyera de la casa gritando que su esposo estaba tratando de matarla. Que ella estaba loca, aunque...

Incluso conseguir una orden de alejamiento –una herramienta legal bastante nueva– requiere tener credibilidad para convencer a los tribunales de que un hombre es una amenaza, y después lograr que la Policía la haga cumplir. De todos modos, las órdenes de alejamiento a menudo no funcionan. La violencia es una forma de silenciar a las personas, de negarles la voz y la credibilidad, de hacer valer tu derecho de controlar sobre el derecho de otros a existir. Cada día, alrededor de tres mujeres son asesinadas por cónyuges o ex cónyuges en Estados Unidos. Es una de las principales causas de muerte entre mujeres embarazadas. En el centro de la lucha feminista por lograr que la violación, la violación marital, la violencia intrafamiliar y el acoso sexual laboral tengan validez jurídica como crímenes, ha estado la necesidad de hacer que las mujeres sean creíbles y audibles.

Me inclino a pensar que las mujeres adquirieron la condición de ser humano cuando este tipo de actos comenzó a tomarse en serio, cuando los grandes obstáculos que nos frenan y nos matan fueron abordados legalmente a mediados de los años setenta –bastante después de mi nacimiento–. Y para cualquier persona que esté a punto de argumentar que la intimidación sexual en el trabajo no es una cuestión de vida o muerte, recuerden que la cabo Maria Lauterbach, de 20 años, fue presuntamente asesinada por un colega de mayor rango durante el invierno de 2007, mientras esperaba para declarar que él la había violado. Los restos quemados de su cuerpo embarazado se encontraron en la hoguera, en el patio trasero de su colega en diciembre.

Escuchar categóricamente que el hombre sabe de lo que está hablando y la mujer no, así sea en un tema muy menor en una determinada conversación, perpetúa la fealdad del mundo y elimina su luz. Después de que mi libro Wanderlust salió en 2000, me volví más capaz de resistir la intimidación a causa de mis percepciones e interpretaciones. En dos ocasiones en esa época me opuse al comportamiento de un hombre, solo para que me dijeran que los incidentes no habían ocurrido para nada como yo había dicho, que yo era subjetiva, delirante, sobreexcitada, deshonesta –en pocas palabras, mujer–.

Durante la mayor parte de mi vida, habría dudado de mí misma y me habría echado para atrás. Tener una imagen pública como escritora e historiadora me ayudó a mantenerme firme, pero pocas mujeres reciben ese impulso, y millones de ellas deben vivir en este planeta de seis mil millones de personas escuchando que no son testigos confiables de sus propias vidas, que la verdad no es de su propiedad, ni ahora ni nunca. Esto va más allá de los Hombres Que Explican Las Cosas, pero es parte del mismo archipiélago de arrogancia.

Los hombres todavía me explican cosas. Y ningún hombre jamás se ha disculpado por explicarme, equivocadamente, cosas sobre las que yo sé y él no. Todavía no, pero de acuerdo con las tablas actuariales puedo tener otros cuarenta y tantos años de vida, más o menos, de modo que podría suceder. Aunque voy a esperar sentada.

 

 

III.

Pocos años después de aquel idiota en Aspen, yo estaba en Berlín dando una charla cuando el escritor marxista Tariq Ali me invitó a una cena con un escritor y traductor, y tres mujeres ligeramente más jóvenes que yo que permanecieron silenciosas y deferentes a lo largo de la cena. Tariq fue genial, pero tal vez el traductor estaba molesto con que yo insistiera en participar, así fuera modestamente, en la conversación, porque cuando dije algo acerca de cómo Women Strike for Peace, el extraordinario y poco conocido grupo antinuclear y pacifista fundado en 1961, ayudó a derribar al Comité de la Cámara de Actividades Antiestadounidenses –HUAC, por sus siglas en inglés–, el Sr. Muy Importante II se burló de mí. HUAC, insistió, no existía en la década del sesenta y, de todos modos, ningún grupo de mujeres desempeñó un papel en la caída del comité. Su desprecio era tan fulminante, su confianza tan agresiva, que discutir con él parecía un espantoso ejercicio de futilidad y una invitación a más insultos.

En ese momento yo ya había publicado tal vez nueve libros, incluyendo uno en el que había revisado fuentes primarias y entrevistas acerca de Women Strike for Peace. Pero los Hombres que Explican todavía asumen que soy, en una especie de obscena metáfora de la fecundación, una vasija vacía que debe ser llenada con su sabiduría y su conocimiento. Un freudiano afirmaría saber qué tienen ellos que a mí me falta, pero la inteligencia no se encuentra en la entrepierna –incluso si uno puede escribir en la nieve, usando el pene, una de esas largas y melifluas frases musicales de Virginia Woolf sobre el sutil sometimiento sutil de la mujer–. De vuelta a mi habitación de hotel, busqué un poco en Google y encontré que Eric Bentley en su historia definitiva sobre el Comité de la Cámara de Actividades Antiestadounidenses otorga crédito a Women Strike for Peace por “asestar el golpe decisivo en la caída de la HUAC”. Y fue en la década de 1960.

Así que abrí un ensayo para The Nation con esa anécdota, en parte, como una admonición a uno de los hombres más desagradables que me han explicado cosas: “Amigo, si estás leyendo esto, eres un ántrax en la cara de la humanidad y un obstáculo para la civilización. Siente vergüenza”.

La batalla con los Hombres Que Explican Cosas ha pisoteado a muchas mujeres de mi generación, de la generación emergente que tanto necesitamos, aquí y en Pakistán y en Bolivia y en Java, para no hablar de las innumerables mujeres que vinieron antes y a las que no se les permitió entrar en el laboratorio, en la biblioteca, en una conversación o en la revolución, ni siquiera en la categoría de ser humano.

Después de todo, Women Strike for Peace fue creada por mujeres que estaban cansadas de hacer el café y mecanografiar y no tener voz, ni papel en la toma de decisiones, en el movimiento antinuclear de los años cincuenta. La mayoría de las mujeres pelean guerras en dos frentes, uno para cualquiera que sea el tema y otro simplemente por el derecho de hablar, de tener ideas, de ser reconocidas en la posesión de información y verdades, de tener valor, de ser humanas. Las cosas han mejorado, pero esta guerra no terminará en mi vida. Todavía estoy luchándola, para mí sin duda, pero también para aquellas mujeres más jóvenes que tienen algo que decir, con la esperanza de que logren decirlo.

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Comentarios a esta entrada

manuelp p

j

manuelp p

Excelente. Toca puntos sensibles. Y me hace preguntarme si yo mismo no he caído en ese vicio de los que explican: creo que revisaré mi comportamiento y emprenderé una autoreforma.

luis Balairon

Mil gracias a Rebecca por este análisis tan certero y a Natalia por hacérnoslo llegar con su traducción. Ahora nos corresponde estar alerta, hacia otros y hacia uno mismo -como señala manuelp-

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