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Crónica

Tres postales de Egipto

Árboles que brotan en medio del desierto, matrimonios que duran lo que la pareja se tarda en consumarlos y un culto pop a un militar con poco carisma. Estas breves piezas esbozan una versión de El Cairo alejada de la ruta turística de los faraones y las pirámides

©Yves Gellie •Getty• Plantación en el desierto al sur del país, cerca de la represa de Toshk

 

1. Matrimonios de una noche

La policía secreta llega a las tres de la mañana. Apenas es mi tercera noche en El Cairo y aún lidio con los efectos del jet lag. Por puros reflejos, cuando timbran, me asomo a través de la mirilla y sin ver nada o a nadie abro la puerta. En frente está un hombre de mi estatura, macizo, cuadrado. Mientras voy cayendo en cuenta de mi error, detrás de él aparecen las siluetas de otros cinco o seis tipos, vestidos de civil pero con un inconfundible porte militar. Antes de que pueda reaccionar me apartan de la puerta, entran al apartamento y mi perplejidad da paso al pánico. El primero se acerca, me habla en árabe. Me llega su aliento mezclado con un fuerte perfume.

Al responderle, las palabras me salen enrarecidas por el miedo. Él me repite su pregunta una y otra vez, impacientándose, mientras los otros se dispersan por el apartamento. De pronto me salen las codiciadas palabras, pero en inglés: “No hablo árabe”. Entonces suelta una risita incrédula y me grita: “¡Pasaporte!”. Tiene un radio en la mano y una pistola al cinto. Me convenzo de que no son simples ladrones, lo cual solo empeora la situación.

Comparto el apartamento con otras seis personas. Está Mahmud, el jordano que estudia negocios; Luba, la voluntariosa rusa que dejó su trabajo y su país decidida a conectarse con el mundo del cine egipcio; Gertrude y Esther, un par de alemanas que trabajan con la Cámara de Comercio; Simone, una francesa que se dedica a viajar por el mundo árabe, y que siempre se anda comparando con el judío errante (antes vivió en Siria y dejó una guerra en aquel lugar), y Tarek, el único egipcio, el amable fisiculturista que se acuesta con Simone.

Escucho gritos, una mezcla de árabe e inglés. Las voces árabes hablan con un tono mesurado pero imperioso. Simone grita enloquecida (se me ocurre que vienen por Tarek, tal vez es un espía). De pronto escucho los gritos de Simone atravesando el pasillo, tras ella se acerca Tarek. Los tipos lo sostienen entre una maraña de brazos. Él sonríe, suena como si estuviera bromeando con ellos, luego hay un torbellino de disculpas a medias y, tan rápido como pasa todo, se van. Unos minutos después sigo apretando mi pasaporte.

Estamos sentados en la cocina. “¿Cómo entraron?”, pregunta la rusa. “Yo les abrí la puerta”, respondo, y me siento irremediablemente estúpido. “Los tipos tuvieron la decencia de tocar”.

Son los últimos días de julio de 2013. Los militares acaban de llevar a cabo un golpe de Estado, y las barridas en busca de activistas y enemigos del nuevo gobierno están a la orden del día. El estado de shock va dando paso a la indignación. Barajamos las posibles razones que tendría la Mukhabarat, policía secreta estatal, para entrar a nuestro apartamento. Tarek rechaza una por una nuestras teorías.

Al día siguiente, Simone recibe una llamada de nuestro arrendador. Le pide que se vayan, ella y su novio egipcio. Tarek, que hasta entonces vivía con nosotros de forma clandestina, me cuenta la razón del allanamiento: “Creían que era un prostíbulo”. Los vecinos veían a tres hombres entrar en el edificio junto a cuatro mujeres europeas. Sacaron conclusiones.

La prostitución es ilegal en Egipto. También la convivencia entre hombres y mujeres egipcios que no estén casados. Recogidas sus cosas, Simone y Tarek firman una especie de contrato nupcial al día siguiente. Tienen que hacerlo si quieren encontrar un nuevo lugar donde puedan vivir juntos. Esta es mi primera experiencia con el matrimonio en El Cairo.

El propietario de la casa tiene, según sus palabras, “un acuerdo con las autoridades”; puede hospedar extranjeros de ambos sexos, pero no egipcios o musulmanes. Esto es una especie de concesión a las costumbres occidentales y un tratamiento diferencial basado en intereses monetarios, cosa común en Egipto. Se puede entender como una muestra de tolerancia, o como la aceptación de la degradación del otro mientras los miembros de la comunidad no participen en ella.           

La Sharia, ley islámica, determina el estatuto familiar en el país. Hay una buena cantidad de personas que no viven bajo estas reglas, especialmente en Alejandría o El Cairo, grandes centros urbanos donde por efecto de la globalización parte de la población comparte costumbres occidentales. El seguimiento de estas normas es en gran medida una cuestión de clase o al menos inversamente proporcional a los ingresos. Naguib Mahfuz, Premio Nobel egipcio, alguna vez escribió: “La honra es una tenaza que solo aprieta el cuello de los pobres”.

Con todo, hay una forma de burlar esta clase de prohibiciones, y la estrategia proviene de la misma ley islámica. Al contrario de lo que se piensa, el sexo en sí mismo no es un tabú para el islam; lo que este deplora son las relaciones fuera del matrimonio.   

Muchos arrendadores y hoteles no rentan habitaciones a parejas no casadas; bien sea por convicción moral o para evitarse problemas con las autoridades. Parejas mixtas (egipcios con extranjeros) que no puedan costearse un apartamento propio, o una habitación en un hotel de más de tres estrellas, pueden tener dificultades adicionales. Incluso amigos que quieren compartir una habitación para disminuir gastos. Con frecuencia, las personas del común se erigen en guardianes de la moralidad.

Espero a Mahmud, mi compañero de casa jordano, en un popular bar del centro de la ciudad. Las paredes están cubiertas con carteles de Stella, la única marca de cerveza egipcia. Mahmud es estudiante de negocios. Ocupa el cuarto rojo del apartamento y duerme la mayor parte del día; al despertar, bebe, fuma como un condenado y cocina platos exquisitos. Cuando llega, pedimos dos Stellas. Es octubre y desde el golpe de Estado se han promulgado medidas de emergencia. Mahmud me cuenta de su reciente viaje. Por un fallo en sus cálculos, llegó a Alejandría junto con Sarah, una colega alemana, muy pasada la hora del toque de queda. “Ningún hotel nos quería arrendar una habitación”, se queja. Yo estuve dos veces en Alejandría y no tuve dificultad. “Es porque yo soy musulmán”, dice y toma un sorbo de cerveza.

Mahmud y Sarah pasaron por varios hoteles del malecón antes de encontrar a un buen hombre que, tras asegurarse de su peculiar situación, les dio una opción: “Cásense”. El matrimonio de placer, nikah al-mut’ah, es una especie de unión temporal contemplada en el cuerpo jurídico del islam.

El mut’ah fue instituido por Mahoma, está presente tanto en los “Dichos del profeta” como en las “Costumbres”, y aunque no es aceptado totalmente (la corriente mayoritaria del sunismo lo rechaza como una forma de prostitución), ha sido practicado desde el inicio del islam.

La anterior no es la única clase de matrimonio temporal que existe. El misyar, o matrimonio viajero, permite a los hombres tener una esposa mientras están de viaje. Ambas formas de matrimonio temporal han generado graves problemas de turismo sexual y trata de menores en Egipto, como lo han puesto en evidencia estudios de la Organización Internacional para las Migraciones y una investigación de Cam McGrath para Inter Press Service. Esta práctica es común para árabes del Golfo que viajan por temporadas a lugares pobres del país y acceden a una esposa por unas horas, días o meses, a cambio del pago de una “dote”; al finalizar el contrato, las esposas son devueltas a sus padres.

Pero el mut’ah tiene otra cara: es usado por musulmanes que viven en occidente como forma de asimilar costumbres contradictorias. “El mut’ah y el misyar son formas de tener un novio, como todo el mundo”, me explica Sharifa, una egipcia de 25 años que creció en Inglaterra y ahora vive en El Cairo. Sharifa se considera musulmana practicante. “Técnicamente es matrimonio, pero divorciarse es igual de fácil que cuando terminas con un novio”.

Edward William Lane, viajero inglés que vivió en Egipto hace casi dos siglos, describió esta estratagema en 1833: “Hay un sencillo plan para evadir el castigo en casos de este tipo. Un hombre puede casarse con una mujer impúdica, legalmente, y divorciarse al siguiente día. Solo tiene que pronunciar un par de palabras, y pagar una pequeña suma de dinero a la que ella se refiere como su dote”.

Como sugería Lane, el recepcionista-gerente del pequeño hotel en Alejandría les extendió a Mahmud y a su amiga un papel en el que el jordano escribió un breve contrato pactando suma y duración. Sarah sopesó su sentido de la dignidad, el cansancio del viaje, el toque de queda y el poco presupuesto del que disponían. Pensó un precio. Al final, la dignidad pesó más que el cansancio y obligó a Mahmud, a quien no le disgustaba la idea de una noche de luna de miel, a buscar otro hotel o dormir en la calle.

 

2. El desierto florido

En su famoso ensayo, “Del influjo del clima sobre los seres organizados”, Francisco José de Caldas hace una distinción entre las razas que habitan sobre las mesetas y montañas andinas, “más blancas, dulces, civilizadas”, a su ver, más parecidas a las europeas, y aquellas que lo hacen en el marasmo de las tierras ardientes, bárbaras y condenadas a una existencia bestial.

Según el cliché, los egipcios son como esas desafortunadas criaturas que habitan el Caribe colombiano y otros lugares de nuestra geografía: perezosos, ingenuos, apasionados; amables, hospitalarios, idealistas. Bailan muy bien y pasan de la euforia a la ira como si fueran emociones casi simultáneas. Son, para ser breves, los costeños del mundo árabe. Los alemanes, según otro cliché, están alejados de tales excesos de la personalidad. Por ello, en un momento iluminado, el Ministerio de Agricultura egipcio optó por hacer un convenio con el gobierno de Alemania (y no con el de Colombia), para que ingenieros y estudiantes vinieran a colaborar en un ambicioso proyecto que busca convertir el improductivo desierto del Sahara en una enorme plantación agrícola.

Así fue que Thomas llegó a ocupar el cuarto verde de nuestro apartamento. Thomas es alto, de hombros anchos, blanco, rubio, ojiazul, una oda a lo ario. Tiene cierta compostura marcial, y su apellido significa “lanza”; como acertaba a decir Caldas, tiene un temperamento dulce, pero es decidido y constante.

Thomas fue recibido por un comité del Ministerio que en aquellos primeros días lo llevó, junto con otros practicantes, a los proyectos agrícolas que mantienen en varios pueblos aledaños a El Cairo. Cada tarde, al volver al apartamento, nos contaba sus impresiones: su sorpresa ante el mal estado de las instalaciones y el desorden generalizado; su perplejidad por la imprecisión de los cálculos, el desperdicio de agua, la indolencia de los obreros y la constante ausencia de los ingenieros agrícolas que debían supervisar los trabajos.

Pero lo animaba el objetivo. “Los árboles crearán un microclima, formarán nubes, podremos hacer que crezcan bosques y llueva en el desierto”, nos decía. Yo imaginaba tal maravilla, lo poético del asunto.

“Sahara” significa “desierto” en árabe. Entre todos los desiertos de Siria, Irak, Persia y el Golfo, este del norte de África recibió el título que lo declara como el desierto por antonomasia. El valle del Nilo y el delta que forma cerca de su desembocadura al norte son las únicas tierras fértiles del país (apenas cerca del 3% del territorio). El resto es un mar de arena. Y la desertificación avanza.

La primera vez que vi las plantaciones en el Sahara sentí que alucinaba. Viajando por horas a través de carreteras que serpentean por un interminable paisaje de nada, de cuando en cuando brotaban de la arena árboles de naranjas o plantaciones de coliflor, en parcelas rodeadas por cercas innecesarias, junto a la pequeña casa donde viven los guardianes del prodigio de un desierto florido.

Como hay tan poca tierra cultivable, la mayor parte de la población egipcia vive en las ciudades, sobrepobladas y llenas de pobreza. Desde hace una década, el gobierno incentiva el retorno de la población metropolitana de El Cairo a áreas desérticas. Vende porciones de arena a precios de huevo para que se destinen a la agricultura. Pero la mayoría de nuevos colonos no saben nada sobre el tema. Cuatro de cada diez colonos fracasan en su intento por establecerse, pero la cifra puede ser mayor.

La agricultura ahí es posible pero difícil. En un país donde normalmente nunca llueve (y cuando llueve tan solo caen unas cuantas gotas marrones que recogen el polvo del aire), irrigar el desierto con agua del Nilo es poco aconsejable: se evapora rápidamente, las plantas enfrentan condiciones extremas que deben ser controladas puntillosamente, los suelos de arena son pobres. Pero la ambiciosa idea del proyecto es usar agua de alcantarillas para la tarea: reutilizar agua al mismo tiempo que se fertiliza la tierra.

–Por la revolución de julio no se pudo hacer nada –me dice Thomas–. Hubiera sido ideal plantar en primavera, pero tuvimos que esperar hasta octubre, cuando se calmaron las cosas. Para ese momento el nuevo gobierno había cambiado a todos los encargados por funcionarios sin experiencia. Tuvimos que esperar para sembrar y empezar a trabajar.

Pero el invierno de 2013 fue el más frío de la historia de Egipto. Nevó, algo sin precedentes, y los retoños que apenas venían cogiendo fuerza sucumbieron bajo las heladas. De vuelta al comienzo.

Al llegar a Egipto me sentí en un lugar con una idiosincrasia tan similar a la de mi hogar que solo tuve que aprender las expresiones equivalentes en árabe. Thomas sufrió esta similitud, reflejada en frases como: mumkin bukra (“tal vez mañana”). La procrastinación es una costumbre muy arraigada en estos muchachos que, si pueden, nunca dejan para hoy lo que se puede hacer mañana; in sha Allah (“si Dios quiere”, y lo más seguro es que no) al hablar del futuro, siempre se le encomienda a la divinidad permitir los oficios; y mi favorita, maalish. Cuando le pregunto a Hatem, un amigo egipcio, cómo se piden disculpas, se lo piensa un poco. “Maalish”. Luego corrige: “Digo, ‘aasif’ ”. Confundido, le pregunto el porqué de su duda. “Bueno, ‘maalish’ es más usado, pero no significa que estás arrepentido por algo sino que reconoces que salió mal. ‘Aasif’ es para decir que lo sientes, pero casi no se usa”.

Thomas volvía frustrado de sus viajes al desierto. Recitaba estas palabras de manera febril, como un maníaco. En una ocasión, se hallaba en una ciudad frente al Mar Rojo. Acababa de regresar de Alemania luego de seis meses y se había desconectado bastante del proyecto. Habló con uno de los directores, quien le dijo que en unos días enviarían desde El Cairo un cargamento de árboles para ser plantados en un pueblo del norte, y le dio el contacto de quien se venía encargando de ello. Thomas habló con el responsable, Baha, y llegó a El Cairo al día siguiente. Baha le mostró los cuadros y tablas que tenía en su poder hacía un mes.

–Así que dime –dijo Baha, mirando la hoja que Thomas sostenía en sus manos por primera vez–, ¿qué árboles tengo que llevar?

Como la impuntualidad toma proporciones dramáticas en Egipto, el transporte de las plantas demoró una semana más. Cuando Thomas llegó a las plantaciones esperaba encontrarse con un grupo de trabajo. Así se lo había prometido Baha. En cambio, estuvo solo hasta que, luego de varios días, lo llamaron para anunciarle la llegada de un ingeniero, el doctor Sahbry, quien se presentó a la mañana siguiente. Hablaron un rato, y Sahbry le pidió a Thomas que le explicara qué era lo que hacían ahí. Un poco aturdido, Thomas le explicó.

–Muy bien, entiendo.

Luego el doctor tomó uno de los retoños y lo plantó dejando las raíces por fuera, ante el estupor de Thomas, quien no sabía si debía corregir al poseedor de un doctorado. Al día siguiente, Sahbry se disculpó: había olvidado traer un cambio de ropa, así que debía regresar a El Cairo.

Pero días después Sahbry volvió aparecer. Thomas reclamaba la ayuda de alguien. Era viernes, y un directivo anunció que irían a la plantación. Esto extrañó al alemán, pues el viernes es el día de rezos en el islam y no se suele trabajar. Agradeció tal entusiasmo. Los dos hombres llegaron, revisaron el sector, y luego se sentaron un par de horas a tomar té. Entonces Sahbry se acercó a Thomas y se disculpó:

–Tengo un tiquete de bus de vuelta a El Cairo en diez minutos –le dijo, y el alemán no sabía si llorar o golpearlo–. Es viernes, ya sabes.

A Thomas no le pagan; está aquí para recabar suficiente información para su tesis de maestría. Por ello comenzó a tomar medidas. Semanas enteras se perdían porque nadie sabía quién había ordenado los materiales que requerían; Thomas los compraba con su dinero. Los obreros no cavaban; Thomas agarraba la pala. Los ingenieros no se presentaban a las obras; Thomas se iba convirtiendo, sin quererlo, en la cabeza visible de la plantación. Pero es tan solo un estudiante. Y su diligencia va aflojando.

Los egipcios son proclives a los esfuerzos épicos que desembocan en lo inútil: caminos que no van a ninguna parte, proyectos suburbanos deshabitados, esfuerzos que rayan en lo ridículo. Algo más que nos liga a ellos. Hacer pequeñas obras que en suma representan algo significativo no basta para estas personas: sus proyectos tienen que ser colosales. En 2007, Mubarak desvió parte del Nilo, quitándole más agua al ya escaso caudal que reciben Sudán y Etiopía. Pretendían utilizar esos lagos artificiales para la agricultura, pero por el momento solo decoran el paisaje desértico.

El último megaproyecto, anunciado por el gobierno en marzo de 2015, es la idea de construir una nueva capital al este de El Cairo. Según el folleto, “El Assima” (“La Capital”) sería la ciudad planificada más grande del mundo, esperando atraer alrededor de siete millones de habitantes, más de los que tienen otras como Washington, Brasilia, Canberra e Islamabad juntas.

Tal noticia impacta por su despropósito, su falta de sentido común y su total desconocimiento de la situación de pobreza, marginalidad y escasa infraestructura que afecta a las comunidades existentes. Ya antes se ha construido una docena de pueblos fantasmas de este tipo (pero de mucho menor tamaño) en Egipto.

–El mayor enemigo del programa del Sahara es la burocracia –me dice Thomas.

Un aparato enorme, ineficiente y lleno de corrupción. La ley del menor esfuerzo se impone aquí, como en nuestras latitudes.

Con el paso del tiempo, Thomas se ha ido rindiendo al influjo de lo irremediable, a la opresión del clima inclemente. La resignación lo ha ido arropando con su suave abrazo.

Estamos sentados en la salita del apartamento, tomando un té que es más azúcar que otra cosa.

–¿Mañana vas a trabajar? –le pregunto, mientras él se escurre en el sofá donde está sentado.

–In sha Allah –dice, mirando al techo.

©Sebastián Backhaus • AP Images • Chocolates con el rostro del actual presidente de Egipto, Abdel Fattah el-Sisi

 

3. Sabor a Sisi

Los edificios de Zamalek parecen hechos por una sola mente que imaginó innumerables veces la misma obra. Pero si se mira con cuidado, cada uno difiere del anterior en acabados casi imperceptibles. Del mismo modo se repiten y varían los pósters con la efigie de Abdel Fattah el-Sisi que hay en todas las paredes. El mariscal de campo pasó en poco tiempo de ser un desconocido a ser el héroe nacional. Derrocó al gobierno del presidente electo, Mohamed Morsi, e instituyó un gobierno provisional.

Algunos afiches lo representan junto a animales poderosos, leones y águilas, dándole un gustillo faraónico. Otros lo reproducen en su atuendo militar, sonriente. Otros, en el mismo atuendo, pero esta vez sin gorra, radiante, dejando al descubierto una calva reluciente.

Camino rápido junto a una amiga alemana. Entre los sonidos del tráfico, los pitos y los gritos se puede escuchar la canción favorita del país, “Benditas sean tus manos”. El reparto parece el de una tradicional teletón: un grupo de cantantes reconocidos, presentándose por una causa común. La canción es pegajosa. La tarareo sin darme cuenta. Fue producida por el Servicio de Información del Estado, y salió al aire un día después de que el Ejército despejara una protesta pacífica a favor del derrocado presidente Morsi, que se había extendido por seis semanas. La operación fue violenta y murieron entre 800 y 1.000 personas. “Que nos corten las manos antes de que toquemos a algún egipcio”, dice la canción. Una voluptuosa egipcia de pelo oxigenado recita con carita de santa: “Egipto, tú ordenas y nosotros obedecemos”. Hay propaganda que no necesita ser sutil para tener éxito. La canción suena en fiestas de cumpleaños, en taxis y en bodas. Una amalgama de patriotismo y actuaciones melodramáticas con altibajos épicos, típicos de la versión más cursi de la música pop. Todo esto, acompañado por escenas de Sisi trotando con su batallón y dirigiendo ejercicios militares, en una producción que haría ruborizar a los realizadores de la más modesta telenovela nacional. Lo cierto es que Egipto no participa en una guerra desde 1973, pero su ejército sigue gozando de prestigio y admiración entre los ciudadanos. ¿Quién es el enemigo al que combaten?

Llegamos a un pequeño restaurante donde venden sándwiches de todo tipo. Mi amiga ordena un falafel. Yo me siento audaz y opto por uno de sesos apanados. Entonces escucho al dueño del local, que me llama: “Tú, ven aquí, ven”. Tiene una sonrisa estampada en la cara. “Mira, este es nuestro nuevo especial”, me dice, y señala en el menú escrito en árabe un nombre que tardo un poco en descifrar: “Sándwich Sisi Mix”. “Es bueno que lo comas”, dice, y me guiña un ojo. Ante mi mirada perpleja agrega: “Para la señorita”.

Además de ser fuente de potencia en la cama para los hombres, Abdel Fattah el-Sisi es símbolo de masculinidad, valor y nobleza. Para las mujeres es el perfecto hijo, esposo, padre. “Sisi es, sobre todo, un filántropo”, dice el editorial de un diario. El general es un hombre bajito, calvo, algo gordo. Cuando aparece en público habla de forma pausada, en voz muy baja y con una sonrisa aturdida en la cara. No tiene el aspecto o el comportamiento que uno espera de un héroe. Sin embargo, el periódico estatal alaba su “piel de bronce y músculos dorados”. En una época en que la fotografía y el video están al alcance de todos, no sé qué alucinación hace que los egipcios vean la carne fofa de Sisi como la cúspide del protomacho.

Desde el inicio del golpe, el gobierno lanzó una agresiva campaña de propaganda a favor del general. Recientemente se concedió a sí mismo el ascenso a mariscal de campo, sumando ese título al de ministro de Defensa. Ante las críticas internacionales, Sisi manifiesta airado: “Esto no es un golpe, es un mandato de la nación y el Ejército obedece”. El magistrado de la Corte Constitucional, que supuestamente hace las veces de cabeza del gobierno provisional, se desdibuja, y cada vez se afirma con más fuerza y pasa al primer plano la figura del general; así lo permite un público favorable. Hay cero tolerancia con las opiniones de los extranjeros: “Este no es tu país”, “Tú no lo entiendes”. Tal vez no, pero por el momento hay tal identificación entre Sisi y Egipto que cualquiera que se oponga al primero es un enemigo de la patria. Esto, junto con un eficiente uso de la violencia, le ha dado el control de la situación.

Cuando estallaron las protestas en 2010, Mubarak no estaba adecuadamente preparado para enfrentar los disturbios. Cayó en la modorra de un militar ocioso y se vio sorprendido por el furor de una gente que hasta hace poco era sumisa. Su policía militar disparaba gases lacrimógenos de origen ruso, con fechas de caducidad de los años ochenta. Era cuestión de echarse un poco de Coca-Cola en el rostro para contrarrestar el efecto del gas pimienta de la era soviética (en una bonita alegoría capitalista). Su poca preparación hizo que recurriera a la fuerza desmedida, lo que enardeció los ánimos. Sisi, en cambio, ha sido previsivo: importó de Estados Unidos –país con el que Egipto mantiene estrechas relaciones diplomáticas– todo un arsenal de última generación, gases lacrimógenos que se esparcen por kilómetros a la redonda y se cuelan por cualquier resquicio, acosando a las personas en la intimidad de sus hogares. Ninguna persona puede soportar la exposición prolongada a esos gases, las protestas degeneran hacia la violencia y se desintegran tan pronto se encuentran con los tanques del Ejército.

Luego de la caída de Mubarak, el nuevo gobierno democrático de Morsi prometió desintegrar la siniestra maquinaria de inteligencia estatal que operaba en el Ministerio del Interior, un cuerpo reconocido por sus tácticas de tortura y su eficacia a la hora de combatir elementos subversivos. Sin embargo, una vez en el poder, Morsi quiso reconvertir este cuerpo en su inteligencia, con evidentes resultados negativos. Hoy, con un militar de nuevo al mando, la Mukhabarat vuelve a acosar a sus viejos enemigos.

Sisi convoca celebraciones en la Plaza Tahrir. El 14 de enero se conmemora el aniversario de la revolución. A Tahrir, sin embargo, no llegan los jóvenes homenajeados. Los viejos celebran la revolución; hombres y mujeres con niños de brazos aclaman a Sisi con todos los artículos de mercadotecnia posibles. Desde helicópteros que sobrevuelan la plaza caen toneladas de banderitas que todos se disputan, para ondearlas con orgullo patriota. Hoy se celebra a los valientes, a los mártires, a los jóvenes revolucionarios, mientras en los alrededores la policía evita que esos mismos jóvenes se acerquen a la plaza y expresen su inconformidad con un gobierno que acaba de volver ilegal toda forma de protesta “no autorizada” y que busca promulgar una Constitución que permite llevar civiles ante la jurisdicción militar.

La gente canta, afirmando que el pueblo está con Sisi, que quienes están aquí son el pueblo. Mientras tanto, a lo ancho de El Cairo, la policía disipa manifestaciones no autorizadas arrojando gases lacrimógenos y chorros de agua a presión.

Días atrás, Sisi reveló, en un rapto de sinceridad y emoción durante una entrevista televisada, que tuvo la premonición de la Presidencia en un sueño. Los sueños proféticos de Sisi son recurrentes. En una ocasión le dijo a un periodista que mientras soñaba “noté que llevaba puesto un reloj. En él había una gran estrella verde. Era un reloj marca Omega. La gente me preguntaba por qué usaba aquel reloj, y yo les respondía que era por mi nombre, es un Omega y yo soy Abdel Fattah”, el Alfa y el Omega.

En sus sueños premonitorios, Sisi también se reúne con dirigentes difuntos. Anwar el-Sadat le dijo durante una de sus siestas que él sería presidente, y Sisi, con la confianza en sí mismos que caracteriza a los militares egipcios, le respondió: “Ya lo sé”.

La actividad comercial en el centro de El Cairo tiene un nuevo protagonista. Los tenderos de las calles venden todo tipo de mercancía de Sisi: camisetas, banderas con su retrato, afiches, pitos, collares y máscaras. En los carteles, su imagen acompaña la de los otros dos héroes y líderes carismáticos de la historia de Egipto como República, Gamal Abdel Nasser y Anwar el-Sadat. Niños y adultos salen vestidos de Sisi, usando máscaras, como si se tratara de un espantoso Halloween.

El país esperó con ansias este momento. Sisi aparece en televisión y las personas se agolpan en los cafés, fuera de los talleres, en cualquier parte donde haya un televisor para verlo, como si se tratara de un partido de fútbol. Las miradas siguen atentamente la boca del militar, leyendo simultáneamente lo que oyen brotar de ella. Yo no entiendo lo que dice, tengo que esperar un poco a que sus palabras se hagan presentes en los rostros; por las reacciones del público intuyo que el rumbo del discurso no los decepciona. Algunos pocos entre el público disimulan su preocupación: sus rostros se tensan, y se contraen hasta cuando, repentinamente, casi todos en la aglomeración saltan de alegría. “¿Qué dijo?”, pregunto a un hombre de bata y turbante que salta y festeja al lado mío. “¡Se va a lanzar a presidente!”, me dice. “¡Será presidente!”.

La histeria colectiva, el culto a la personalidad de Sisi, es fruto de la desesperación. La tentación de un “hombre fuerte” que restablezca el orden es aprovechada por el general. Quienes añoran su mano dura están cansados de la revolución; habrá algunos elementos reaccionarios, pero muchos de sus seguidores protestaron cuando tocaba, perdieron personas queridas y siguen sufriendo las consecuencias de que la economía del país se venga abajo. Padecer tres años de crisis económica, de explosiones, de una coyuntura esquizofrénica, debilita la voluntad de cualquiera. Por ello, no es de extrañar que más allá del deseo abstracto de libertad, de democracia, muchas personas busquen tranquilidad y prosperidad, así signifique el regreso al statu quo previo a la “Primavera árabe”.

“En mi opinión, no es necesario hacer elecciones”, me dice Ahmer, un periodista egipcio. “Está claro quién va a ganar”. Hay muchas personas que no caen bajo el mágico influjo del mandatario, pero estas personas deben ser prudentes. Muchos disidentes y periodistas se encuentran detenidos por cargos como “ofensas a las autoridades”, un crimen ambiguo dentro del cual se puede incluir casi cualquier cosa. Muchos de ellos realizan huelgas de hambre en prisión, para quejarse por lo arbitrario de su detención. Pero más les valdría comer si no quieren morir de inanición en espera de la libertad: Sisi no negocia con “terroristas”.

“Subestimamos un sistema que lleva 70 años en el poder y que supo proponer una medida de contingencia ante una amenaza”, me dice Ahmer. “Claro, hagámosles creer que les damos lo que piden, luego hagamos que lo detesten para que rueguen que les devolvamos lo anterior”.

El panorama es desesperanzador. Cadenas de televisión cerradas, decenas de muertos a diario, periodistas, disidentes y jóvenes activistas enviados por montón a prisión o al cadalso, mientras los medios que quedan se ocupan de hacer reportajes sobre la carnicería donde la madre del dirigente solía comprar el carnero, o el barrio en el que creció el general. Unos días antes de mi partida, una amiga llega al apartamento con una cajita pequeña que desprende un olor delicioso. “No van a creer lo que están vendiendo”. La abre y nos muestra pequeños chocolates con la imagen del mariscal de campo, próximamente presidente de Egipto. Por estos días, todos quieren un pedazo de Sisi.

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Karim Ganem Maloof

Abogado y literato, becario de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es el editor de la revista El Malpensante.

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