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Ensayo

El desierto es un estado mental regado por el planeta

Santiago Villalba

La idea del desierto es tan ominosa como lírica. Su realidad concreta es implacable y su territorio creciente. Este breve ensayo nos enfrenta al vértigo provocado por la carencia y a la incertidumbre ante sus desdibujados límites geográficos.

El desierto es una invención, la creación de vacío dentro de la existencia pletórica, la imposición de la esterilidad sobre lo fecundo del ser. Sin importar qué tan árido sea, este bioma no se encuentra inhabitado. Desde Atacama hasta el Sahara o desde Gobi hasta Mojave, esta tierra alberga más que rocas y arena; es un suelo propicio para animales (serpientes cascabel, coyotes, escorpiones, ardillas) y plantas (cactus, árboles de Josué, estepicursores, palofierros) de diferentes especies, que encuentran allí su hogar. Es el colmo de la arrogancia considerar que merecen, junto con otros incontables habitantes del desierto, ser relegados al olvido en el inmenso vacío, en la inexistencia expansiva que el mencionado ecosistema ha llegado a significar. Como yo lo veo, la relación automática del desierto con lo exánime revela la negligencia y el olvido de los efectos secundarios de un proyecto devastador –el cual reconfigura la imagen de la Tierra desde el pensamiento abstracto–. El desierto es abstracción hecha materia, proyectada sobre el mundo a expensas de la diversidad biológica, ecológica y ontológica.

Al afirmar que el desierto es una invención, no solo aludo a la forma en que nuestro pensamiento interpola el vacío dentro de lo pleno, eso que, de forma conveniente, hemos titulado “naturaleza”. También aludo a la manera en que, en el sentido literal del verbo en latín invenire, el desierto es traído al mundo gracias al impacto acumulado de las industrias humanas sobre el medio ambiente –nuestra particular huella geográfica, una firma intergeneracional que constituye nuestra herencia y perdurable contribución a la historia de la naturaleza–. El desierto, evidentemente, preexiste y habrá de prolongarse más allá del dominio planetario del Homo sapiens. Pero, al mismo tiempo, crece como resultado de los cambios climáticos inducidos por el hombre y que amenazan con desertificar la Tierra. Este efecto viene acompañado por una situación cada vez más grave y extensa de insuficiencia de agua y alimentos, conflictos por recursos cada vez más escasos, y tasas de extinción por las nubes. Bien entendida, una invención no solo es producto de la imaginación, y aunque lo fuera, eso no excluiría su capacidad de configurar la realidad, bien sea de forma edificante o demoledora.

No hay desierto. El desierto está en todas partes. Debemos encontrar la manera de manifestar ambas cosas sin experimentar la disonancia cognitiva que la paradoja nos provoca. A la larga, el desierto es indefinible en términos puramente geográficos y, por lo tanto, indefinido, indeterminado e indelimitable. La aridez es su característica principal. Pero existen mares desérticos que, aunque lejos de secarse, no tienen oxígeno, como el Mar Muerto; además, a pesar de connotar la ausencia de vida, los desiertos están poblados por diferentes especies de plantas y animales, como ya dijimos antes. Entonces, ¿qué es lo que identifica al desierto? ¿De dónde obtiene su significado?

Si como sustantivo el desierto no goza de una identidad clara, bien puede ser que lo que le ofrece cierto grado de coherencia sea el verbo “desertar”, y su voz pasiva “desierto” o “desertado”. Sobra decirlo, asumir que los desiertos han sido desertados por toda forma de vida es incorrecto; lo que sí ocurre es que las zonas relegadas a la categoría de desierto han sido abandonadas por nuestra racionalidad instrumental, a la cual le parecen inútiles. Han sido desertadas en la medida en que ya no nos preocupamos por ellas y mucho menos por su flora y fauna autóctonas. No aptos para ser habitados por los mismos hombres que favorecen su propagación, los desiertos parecen ser áreas del planeta tan vacías que son registrados como poco más que agujeros negros en el radar de nuestros asuntos. Por esa razón, los seres que los habitan también han sido ignorados, vaciados de contenido e invisibilizados, obligados a integrarse con la nada. Tal es la suerte de aquello sacrificado a la árida abstracción del pensamiento, indiferente a la singularidad de la existencia.

El desierto es una declaración intelectual que nivela las diferencias y ofrece un trato uniforme e intercambiable a todo lo que pertenece a su oquedad. Los desiertos naturales, sin embargo, difieren en sus suelos, composición mineral, altitud y grados de erosión, por no mencionar las plantas y animales a los que sirven de hábitat. Pero el desierto representado, expuesto, y por supuesto creado como encarnación telúrica de la abstracción, es homogéneo. De hecho, es la homogeneidad misma. Solo en ese vacío ideal y en la inanidad de las llanuras arrasadas por el viento es posible la existencia del pensamiento abstracto. Pues solo allí el pensamiento volcado sobre sí mismo logra desplegarse sobre el mundo y reconocerse, durante un instante, en el espacio más austero, para luego retirarse de inmediato y desertar a aquel lugar enucleado en el que los cactus y los coyotes son todos negros en la noche.

Entendido tradicionalmente como lugar de exilio, lleno de peligros y oportunidades de regeneración, el creciente desierto es un indicador de nuestro desarraigo del ser, sobre todo de su diversidad y su agitación existencial. El hecho de que no nos importen, o siquiera notemos, los seres que habitan su extensión es un síntoma (Heidegger estaría de acuerdo) de nuestra indiferencia por la existencia en sí misma. Ahí en el desierto, abandonado y expuesto al clima cegador, está el deber humano –el único que todavía define lo que nos queda de humanos– de presenciar, fascinarnos, imitar o canalizar la realidad tal cual es. Así, en el nudo etimológico que une al desierto y la deserción militar, podríamos entrever los resultados devastadores de despreciar la humanidad como una obligación de la que, esperamos, se nos libere. Si optamos por la indiferencia de la abstracción, en lugar de involucrarnos con lo que nos incumbe, desertaremos del mundo y de nosotros mismos, es decir, desertificaremos el mundo y a nosotros mismos.

El exilio global en marcha no durará cuarenta años, a diferencia de la trashumancia bíblica a través del Sinaí, cuya intención era limpiar la mentalidad esclava de dos generaciones de hombres. Tal como están las cosas, nuestro distanciamiento del ser, con su respectivo acercamiento al desierto de la abstracción –reflejado concretamente en la desertificación de la Tierra–, tomará una eternidad para ser completado, como la aproximación de un objeto a las márgenes de un agujero negro. Y al final de esa itinerancia interminable, la voluntad real se volverá racional y los desiertos que consumen la Tierra se volverán indistinguibles de los desiertos del pensamiento abstracto.

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Michael Marder

Filósofo y profesor de la Universidad de país Vasco. Escribe sobre fenomenología, filosofía política y temas ambientales. Este mes, Columbia University Press publicará su libro Energy Dreams: of Actuality

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