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Ficción

Cuento como una casa

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© Ana Gómez Jara

No, no cuento las personas que entran y salen como suele hacerlo una casa. No lo hago aunque podría, sumar mis amigos y enemigos, restar los ahora desconocidos. En realidad, una casa siempre sabe cuántos están en ella; para calcular los de afuera lo resuelve con una ecuación simple: infinito menos x, siendo x los que lleva dentro [a propósito de x: los de adentro son tan equis como los de afuera: la casa sabe cuántos son pero, a fin de cuentas, no quiénes (y si usted cree ser diferente a una casa, revise la ecuación, por mucho que las conozca no hay equis que se despeje)]. Tendrá objeciones, sospecho. ¡La casa debería sustraer la x de la población global, no de infinito! Para usted y para mí los de afuera rondan y rondarán los siete mil cuatrocientos millones, sí, pero somos mortales. Una casa no lo es. No, una casa destruida no es una casa muerta, sencillamente es toda puerta y ventanas. ¡Infinito menos un número finito es siempre infinito! Tendría que que ser usted un matemático desalmado para afirmar tal cosa. Acaso cuando suma usted a una persona, ¿no se le reduce el infinito un poco?

Pensará entonces que lo que yo hago es contar historias como lo haría una casa. Contar, por ejemplo: anoche la tormenta le erizó el pararrayos a la vecina; con la lluvia (todavía me escurren las tejas) hizo tanto frío que agarré un catarro, toso por la chimenea humaredas enteras. O: apenas me recupero de la cirugía, no me acostumbro al nuevo patio tras la cocina; y el otro día un gato sin dueño me paseó por encima, me hizo cosquillas. Quizá: la vejez me agrieta, me crujen los escalones y me diagnosticaron un par de goteras. Pero nada de eso. No cuento historias. Aunque podría hacerlo, ya ve. ¡¿Y las personas?!, lo escucho alegar, ¡¿no contaría una casa la vida de los que lleva dentro?! ¿Luego sabe usted qué clase de vida llevan los órganos de su cuerpo? ¿Los parásitos, los alimentos? Como usted, la casa apenas puede intuir lo que sucede adentro. Para ella una indigestión bien podría ser el sarao de un cumpleaños o la batahola de una pelea casera. No hay manera de que se entere que el tic en la ventana derecha le da cuando el niño juega con las persianas, que el espasmo de ayer se lo provocó el trasteo de un mueble, que las voces que escucha son los elepés del dueño a todo volumen y no una esquizofrenia. En fin.

No se trata de eso. Es mucho más sencillo. ¡Pero pase!, ¡siga!, deje que mi casa lo sume a la cuenta, el infinito es muy grande como para no reducirlo una miga.

Mire, le explico el título, era para decirle: este cuento es como una casa y se le ha filtrado una errata. Señor exterminador, examine y extermínela por favor.

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Nicolás Rodríguez Sanabria

Economista y escritor habitual. Ha colaborado también con Cartel Urbano

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