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Poesía

Reveses y transfiguraciones

.

Reveses
 

veo el mundo al revés,

como san pedro desde su cruz,

como las gotas de lluvia,

los funámbulos

que caen del cielo.

 

sueño el mundo al revés,

como los puercos que cuelgan

de los ganchos del matadero,

como el ahorcado en su naipe,

como los murciélagos

que duermen el día a cara de perro,

sibilantes.

 

cuelgo del revés del mundo,

como ulises que burla

a mi tosco amigo polifemo,

como el perezoso que medita la maraña

y se deja caer

como bola de grasa sobre un mundo peor.

 

camino y camino sobre el revés del mundo,

como las putas viejas que caminan y caminan:

nos sangran los pies

de tanto inútil

caminar los reveses del mundo.

 

Minuta del universo


abajo,

en los fondos,

fluye el cieno del farragoso estigio,

arrastrando sangres, élitros, semen, raíces.

el golpeteo impertérrito

de sus fatigadas ondas filosas

marca los pasos de nuestro menesteroso deambular:

viajeros

cargados de cruces baratas y trastos terrenos,

compartimos con la alimaña

lechos y miserias,

transfundimos la heredada desazón a hijos e hijastros,

y si bien levantamos los ojos al cielo,

bañamos nuestros pies hinchados

en las aguas sucias del averno.

 

en el medio,

en el vacío infinito que se extiende entre los astros,

revolotean

desdichados

los ángeles.

 

arriba,

en las azoteas del firmamento que lo sostiene todo,

yacen generosos y satisfechos

los gatos,

los mismos que acompañan perezosos

nuestras estrecheces terrestres.

hermanos mayores,

crueles dueños

del placer y del misterio:

dolorosamente el ámbar de sus ojos

recuerda

lo que no recordamos,

su maullido es

una espina encallada en nuestra carne

y su ronroneo nuestra única paz.

 

por encima,

sin embargo,

divagan

los dioses:

ignorantes,

envidiosos,

tronadores.

 

Llueve sobre el Magdalena


no ha dejado de llover.

el río apurado

empuja tarulla y ramaje, 

arrastra

terneros, cristianos, alacranes.

en los campos anegados

las culebras

se enroscan en el quebranto de los troncos,

los gallinazos

escampan inicuos

batiendo sus alas funerarias,

y las vacas agarrotadas

mugen preñeces, desesperación.

envuelta en la quietud 

de la siesta calentana

una mujer fuma, 

sueña,

huele a plátano maduro.

su modorra es gotas 

como espejos trizados,

sus labios gulupa y humo,

sus pezones pardos

ramas erguidas,

estacas confiables contra la corriente.

la muerte 

en su atavío de agua

la llama desde el río.

ella sabe

que no es quién

para rechazar el traje de novia

que le ofrece

la sesgada cadencia de la lluvia tropical.

 

Diálogos de amantes y de ríos
 

díjele:

besame con el beso de tu boca;

meiores son las tus tetas

que vino.

trayme empos ti, et correremos

empos el buen olor de los tus ungüentos.

pero tú no sabes de dónde yo vengo,

ni yo adónde tú vas.

turbias

confluyeron nuestras

sangres,

bicolores

como caudales amazónicos,

y en el légamo azabache de tu lecho

busqué

tu piel profunda,

el hedor salino de tus aguas. 

es que yo no sabía de dónde tú venías,

ni tú adónde yo iba.

contestome:

negra so, mas fermosa.

et so assi como las tendas de cedar,

et assi como la piel de salomon.

et non me querades uos mesurar que so bassa

porque me secoloro el sol

judgat me lo que ama, la mi alma...

entonces

la hidrografía incierta de mi sangre desrumbada

penetró exultante tus venas,

conquistó tus cauces,

doblegó tu violenta alma de azahar

que arrastra mis vacilantes rumbos:

sobre mi sangre

impera tu sangre correntosa,

azotada de nerviosas alúminas tropicales,

marea que rebalsa cuando retumban las tamboras nocturnas,

río azaroso cual arma blanca.

y me dijo que me alegrara:

ahe, fermoso eres tu, mio amado,

et fermoso el nuestro lecho,

et florido.

ya yo no sé de dónde vengo,

ni mucho menos para dónde me desbocaré,

o tu muy fermosa entre las mugeres,

ahe, fermosa eres.

 

Ulises y Penélope
 

la urdimbre:

ausencia del andariego,

décadas de desvelo.

profusa señal de cenizas.

 

tejedora destejedora

del sueño intermitente

de la paciencia,

de la fidelidad.

 

ulises regresa.

nostalgia

de la patria ausente.

su precaria presencia:

señal de sangre,

trama pasajera.

 

otra vez

el escurridizo enarbola el mástil,

abandona la sombra de la amada,

navega

los húmedos senderos,

las dilatadas estancias del insomnio,

plagadas de mujeres,

amargas parcas,

sirenas mutiladas,

erinias hilanderas.

 

¿quién ha de ser?

un hombre y una mujer,

decía tirso.

 

que penélope concluya,

desurda,

destrame

los viejos hilos:

 

señora de los senderos,

 

que invierta antiguos rumbos de sangre,

trace nuevos destinos de fuego.

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Atila Luis Karlovich

Doctor en filosofía. Estudió en Suiza y actualmente está radicado en Argentina. Ha trabajado en bancos, ha sido periodista cultural y profesor de latín, historia y quechua.

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