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Elisabeth Noelle-Neumann

y la espiral del silencio

La reconocida politóloga y teórica alemana vivió obsesionada con la polarización y la asimilación. Ella misma fue un ejemplo de la piel social que nos permite medir el clima de la opinión pública para adaptarnos a esta. ¿Es negativa esa habilidad de adecuarnos a lo que piensan los demás? O, como dice el adagio popular, ¿es peor estar solo que equivocado?

© Tia Vitoria

 

Nos consta que elisabeth noelle-neumann lloró al menos una vez. Esta académica, periodista, consultora política, de cabello blanco cayendo uniformemente hacia el costado desde una geométrica línea recta, siempre elegantísima con cuellos altos abrochados y lentes de marco grueso transparente, siempre con una mirada interesada en las respuestas del otro, siempre imponente, lloró al menos una vez. Y digo “al menos” porque esta primera ocasión no es ningún secreto: ella misma lo confiesa en la introducción a la primera versión de su obra La espiral del silencio, de 1983.

La profesora de opinión pública está en un teatro de Chicago viendo la obra Los tres domingos de un poeta del compositor Gian Carlo Menotti. Este no es el momento para contar la historia. Basta decir que termina con un hombre extraño muriéndose junto a sus tres animales mitológicos –un unicornio, una gorgona, una mantícora– que aquí funcionan como símbolos de su juventud, su madurez y su vejez. En este trance lo encuentran los habitantes de su pueblo, quienes se habían dedicado las últimas semanas a imitar al moribundo, pero que ahora le consideraban, erróneamente, un asesino. Cae el telón. No solo fue Elisabeth quien lloró con la obra –que incluía un coro y ballet– sino todo el mundo. Pero ahí donde el espectador medio se identificaba con el poeta incomprendido, a ella le intrigaba la muchedumbre poco original, la masa de gente que obra por imitación. Ahí donde todos se miran a sí mismos en el ser independiente, ella afirma que al apoyarlo estamos negando nuestra naturaleza social. Fueron unas lágrimas que le sirvieron, al siguiente día, para conversar con sus estudiantes sobre las leyes de la opinión, la reputación y la moda en Locke, que según el filósofo inglés se observan más que cualquier ley divina o estatal. O para conversar sobre la máxima de Tocqueville que tanto le gusta: “La gente teme más al aislamiento que al error”.

Pero probablemente Elisabeth Noelle-Neumann lloró al menos una vez más. El indicio está ocult...

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