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Iceberg

Reivindicación de la crueldad

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Lo que subyace al nunca acabado debate alrededor de la prohibición de las corridas de toros es una objeción moral y no política: la crueldad del espectáculo. La objeción es justa, pues si por “crueldad” entendemos el recrearse con la sangre –como su sentido etimológico sugiere–, no cabe duda de que la crueldad es un elemento básico en las corridas. No obstante, “crueldad” comparte una misma raíz con la palabra “crudo” (cruor): aquello que no está cocinado, o sea, lo que se ofrece tal y como es. Esta no es una nimiedad, porque hace comprender el sentido de la fiesta brava.

La crudeza en los toros es una y evidente: la evidencia de la muerte. Al final, es el último tercio el que repugna, el que hace cerrar los ojos y apretar las mandíbulas. La muerte del toro en el ruedo nos incomoda porque es pública, y nos recuerda, por obvio que parezca, que la muerte existe. No es extraño que, en una sociedad como la nuestra, se deleguen a otros las innobles tareas que puedan exponernos al sentimiento de lo crudo: carniceros, sepultureros, tanatopraxistas, etc., todos ellos encargados de resguardar nuestra sensibilidad de aquello que queda de primitivo en el mundo. De modo que la bienintencionada compasión de los animalistas por el sufrimiento del toro en la lidia esconde un egoísmo que hace de la posibilidad del distanciamiento una norma moral de valor universal. Se rechazan las corridas no tanto por lo que el toro siente, sino por lo que nos hacen sentir.

El debate, entonces, no puede plantearse de una forma maniquea que contraponga civilización a barbarie (y equipare barbarie con corridas de toros). Contrariamente a lo que cantan en prosa rimada y consonante los antitaurinos, “arte” y “cultura” (tomados como paradigmas de la civilización) no son términos necesariamente contrapuestos a “tortura” y “barbarie”. Por el contrario, civilización y barbarie son las dos caras que forman el rostro del dios Jano: cada una con la mirada fija en un horizonte opuesto al de la otra, pero compartiendo una misma cabeza. Sin embargo, nos gusta falsear la historia, y a aquello que consideramos necesario y significativo en nuestras vidas le perdonamos lo que tenga de reprochable. Pero solo en los toros la barbarie se mantiene a flote y es honesta, pues es la cruda realidad de la muerte la que afirma en nosotros la plena conciencia de la vida.

Por esta razón reivindico la crudeza de las corridas de toros en el siglo XXI; tanto por su compromiso con la verdad –del que carece completamente la política&...

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Nicolás Ramírez Báez

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