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Poesía

6 poemas

Su verdadero nombre era Marie-Jose Fauvelle Ripert y nació en Francia, pero era venezolana. Fue periodista, guionista y escribió poemas. Desde el país vecino, su mirada descarnada y lúcida sobre el cuerpo, lo vulgar, lo transitorio del deseo y la cotidianidad de las relaciones humanas produjo estrofas desobedientes ante la vida. Como ella misma, que decidió quitársela.

Valiente ciudadano

 

A María Inmaculada Barrios

 

Morid con el pensamiento

cada mañana y ya no

temeréis morir.

 

Tratado Hagakure

Dame, señor,

una muerte que enfurezca.

Una muerte tan ofensiva

como a los que ofendí.

Una muerte que soporte la lluvia

de Santiago de Compostela,

y de paso,

mate a los que me ofendieron.

 

Dame, señor,

esa muerte de la intemperie

que sorprende y tranquiliza.

Haz que esté largando mocos y lágrimas,

suplicando piedad

y deseando muerte ajena.

 

Haz, señor,

que aquel hombre con piel inédita

reconozca en mí al animal de los olivares.

Que su cuerpo pese sobre el mío

y haga dulce

la entrada al fuego.

 

Te prometo haberlo visto todo.

La misma culpa con la que nací,

el mismo furor.

Haz, señor,

que esté escuchando a Vinícius de Moraes

y a Maria Bethânia

y prometiendo que mañana,

lunes,

me inscribiré en un curso para aprender brasileño.

 

Que venga la muerte

cuando descubras en mí

alguna oculta intención de poder

y cuando sepas,

por tus informantes,

de mis maniobras para pasar a la historia.

Cuando te digan, señor,

que he agotado todos los recursos de la fatiga

sin pedir clemencia,

entonces, señor,

dame duro.

Haz que este golpe que tengo en la frente

por abrir puertas a cabezazos

se ponga

rojo,

latiente,

doloroso.

 

Supongamos, señor,

que eres el Big Bang.

Que ningún territorio escapa a tu vigilancia.

Que los hot-dogs son tema de tu predilección.

Que tu deseo de mí es parte obscena

de tu personalidad.

Entonces, señor,

examina mi estómago abultado

por los espaguetis de Portofino

por las favadas del Guernica

por los pasteles de coliflor de mi madre

por los largos tragos de cerveza y ron.

 

Espía, señor, los rostros de mi espejo en el espejo,

yo, la pusilánime astuciosa

la del dedo en el aire

abanicando a la aburrida concurrencia.

 

Podrías venir al cine, señor.

Veríamos Brazil,

La vaquilla,

Un día de campo,

El cartero y Gatsby.

Me escucharías

sacudida por la risa

y el temor.

 

Permíteme, señor,

contemplarme como soy:

el rifle en la mano

la granada en la boca

destripando a la gente que amo.

 

Acuéstate conmigo en la madrugada, señor,

cuando mi respiración es un golpe de piedras

en la corriente del río.

 

Y verás cómo nada,

 ni siquiera la leche de tus cantares,

puede darme una muerte que me enfurezca.

 

Zanahoria rallada

 

El primer suicidio es único.

Siempre te preguntan si fue un accidente

o un firme propósito de morir.

Te pasan un tubo por la nariz,

con fuerza,

para que duela

y aprendas a no perturbar al prójimo.

Cuando comienzas a explicar que

la-muerte-en-realidad-te-parecía-la-única-salida

o que lo haces

para-joder-a-tu-marido-y-a-tu-familia,

ya te han dado la espalda

y están mirando el tubo transparente

por el que desfila tu última cena.

Apuestan si son fideos o arroz chino.

El médico de guardia se muestra intransigente:

es zanahoria rallada.

Asco, dice la enfermera bembona.

Me despacharon furiosos,

porque ninguno ganó la apuesta.

El suero bajó aprisa

y en diez minutos

ya estaba de vuelta a casa.

No hubo espacio donde llorar,

ni tiempo para sentir frío y temor.

La gente no se ocupa de la muerte por exceso de amor.

Cosas de niños,

dicen,

como si los niños se suicidaran a diario.

Busqué a Hammett en la página precisa:

nunca diré una palabra sobre tu vida

en ningún libro,

si puedo evitarlo.

 

 

Caricia

 

 

La mitad de lo que le ocurra

a mi hijo

será culpa mía.

Qué bien.

Lo digo así,

recubierta de collares y lunares,

veinticuatro horas después de enviarte a París,

y supieras lo que es estar lejos de casa.

Llega hasta a mí

tu rostro de adolescente despeñado,

levantado hacia un profesor ansioso de enderezar

a este pequeño viejo rico.

Hay que ser fuerte,

te dicen:

solo si lo eres tendrás derecho a cumplir

dieciocho años

y oler la cocaína que quieras.

Y vomitarte sobre la vajilla de tu madre

en la cena ofrecida

para celebrar tu regreso.

Por ahora,

te sacude el frío en el dormitorio de los grandes

y aprietas la medalla que te regaló tu novia

en el aeropuerto.

No he terminado contigo, decía la tarjetica,

prefiero que lo hagan otros.

Y firmaba:

mami te quiere.

Te sacaron de la galería de espejos

para que no rompieras el diseño de la arquitectura holandesa.

Aun antes de tu llegada

ella sufría de baby blues

porque,

¡ay!, gemía,

no estoy preparada para ser madre.

Ahora eres tú

quien no está preparado para ser hijo.

Odias lo que está bien,

odias lo que está mal.

Estás perdido entre Le Père-Lachaise

y la rue Delambre.

No hay suficientes recuerdos como tú quisieras.

Ya juegas con la inmortalidad:

pobre rata,

qué poco vales en la apuesta,

te gritan los transeúntes a la caída del sol.

Miras el papel higiénico

impregnado de tu caca de niño triste.

De niño malo

enviado a París con un recuadro en el cuello:

menor viajando solo.

La mayoría

 

Es cierto que en abril los lirios se pudren,

el trigo crece

y se manchan de sangre las dormilonas infantiles.

Todos nacimos en abril:

niños,

supimos que obedecer implicaba paz.

Adolescentes,

descubrimos el valor de la rendición condicionada.

Finalmente,

no morimos en el intento.

Ahora somos sumisos y secretos,

gordos de ojos saltones

y carnes blandas.

Preparamos palabras suculentas

que pasan por el molinillo de carne,

y un perro, bien educado,

espera para engullirlas.

Recién cogidos desafiantes,

meados a destiempo

y solemnes imberbes

ocupamos el primer lugar en las encuestas.

Somos lo que llaman

la mayoría.

 

Los viajeros

 

Agitamos la ternura anclada en los parques

como un insecto en una caja de plomo.

 

Nuestros caminos han perdido sus lagartos que

partían de los ríos hacia el asfalto rojo.

En algún lugar remoto

las fronteras juegan con los perros hambrientos.

 

Amamos los bancos devorados de piernas y el

muchacho negro que le silba a la niebla.

 

No obstante el grito se estrangula en nuestros dedos.

No obstante las iguanas cargadas de miel

se devoran en los surcos.

 

He aquí el llanto de los trenes que cruzan las

estaciones sin detenerse.

 

Y queremos partir sobre la cubierta de un monstruo.

Sobre las manchas de petróleo que flotan en el agua.

Sobre los halcones que no crecen en las esquinas.

Y nos quedamos,

aferrados silenciosamente al silbido del muchacho negro.

No más

 

No más negros vestidos de cardin

empatucados de cardenal mendoza.

No más carajitas de ojos entornados

frágiles codos

y abominables silencios.

No más letreros para mandar la gente a casa.

No más invitaciones que preocupan un día antes.

No más mecenas.

No más temblor de atardecer

sin otro alegato que el propio.

No más muertos a quienes velar de lejos

porque se mueren cuando uno no está.

No más niñas redondas y gentiles

taconeadas por nodrizas impolutas.

No más el reflector en la cara.

No más envidiar al que llega

en este momento

a San Francisco.

No más temor de la conjunción de los astros.

No más creer en maleficios

y espiar a la luz de una vela

la llegada del señor.

No más pedir amor y sentirse miserable.

No más patanes a sueldo.

No más hacer lo mejor posible.

No más

coño

 no más.

________________________________________________________________________________

© Agradecemos a Monte Ávila Editores

Latinoamericana por ceder la publicación de estas seis piezas aparecidas en Todos los poemas de Miyó Vestrini

(Colección Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, 2013).

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Miyó Vestrini

Nimes, Francia, 1938 - caracas, 1991). Poeta, periodista y guionista venezolana de origen francés. Colaboró con El Diario de Caracas, La República y El Universal. Publicó cinco poemarios.

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