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Leo y olvido

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Recuerdo que entre las muchas pastillas que tomaba mi abuela, la iaia, unas eran para la memoria. Los niños nos reíamos porque se le olvidaba tomarlas. En realidad no creo que las necesitara: vivía en un hotel (en la pieza número 1; era un hotel sencillo), y ni siquiera cuando empezó lentamente a apagarse dejó de regañar al botones si había polvo en el pasamanos de la escalera.

Ahora soy yo la que debería tomar algo para la memoria. Leo libros y los olvido con tanta rapidez que ya me da miedo. Apenas me queda una sensación, una reminiscencia, bastante precisa sin embargo, pero de todos modos triste y poca cosa para alguien que a veces querría (de los libros, no de la vida) no perderse nada. De Cortázar, por ejemplo, sé que he leído siete u ocho títulos, pero escasamente puedo evocar con nitidez tres o cuatro cuentos, uno o dos finales de esos que aterran, un par de frases sueltas (“el sapo en plena cara”), un personaje (Berthe Trepat, la dulcemente patética pianista de Rayuela) y una escena: los personajes de El libro de Manuel poniendo en práctica una forma de terrorismo blanco que pretendía sembrar el caos reemplazando subrepticiamente todos los fósforos de un supermercado por cajas de cerillas quemadas...
 
Me gustaría no haber perdido el título y toda referencia de una historia que leí hace millones de años y siempre he querido volver a encontrar: la protagonizaba una niña europea que vivía en China con sus padres misioneros; pongamos que en Yaoshan, o Weixian. Su familia, o quizás sólo ella, se relacionaba con el mandarín; es el año 1900, estalla la guerra de los bóxers, la ciudad arde en llamas y... no sé qué pasaba después. Leo y olvido.
 
Un poco más grande, a la perna que ya era le dio por leer el ladrillazo del Ulises de Joyce en dos versiones al mismo tiempo, una argentina y una española. No entendí nada, por supuesto, ni de la argentina ni de la española, y todo lo que diga de la gran novela dublinesa lo habré copiado de alguna otra parte. Por esa época vivía con un par de amigos en Moneda con San Martín, en un piso roñoso y precioso que resultó ser ex casa de tolerancia (no me pregunten cómo nos dimos cuenta...), y nos turnábamos Los Thibault, añeja novela francesa en seis tomos que el pobre Roger Martin du Gard se tardó diecisiete años en escribir y yo muchos menos en relegar por complet...

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Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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